2. Pecados verdaderos y leyendas negras de la Iglesia

El mismo Jesús debió padecer falsas acusaciones como parte de su Pasión. En efecto, la turba distorsionó sus palabras acerca de la destrucción del Templo de Jerusalén con el fin de sumar motivos para exigir su muerte.

Lo que en verdad Jesús había dicho acerca del Templo fue: “…destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar” (Jn 2,19; par. Mt 24,2, Mc 13,2). En ese momento, fue correctamente entendido por sus oyentes, que preguntaron asombrados pero, aparentemente, sin sentirse ofendidos: “Han sido necesarios cuarenta y seis años para construir este Templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?” (Jn 2, 20).

Sin embargo, a la hora del proceso a Jesús aparecieron las difamaciones, alegadas por falsos testigos que gritaban furiosos: “Nosotros lo hemos oído decir: «Yo destruiré este Templo hecho por la mano del hombre, y en tres días volveré a construir otro que no será hecho por la mano del hombre»" (Mc 14,58). Y más adelante, ya habiendo sido crucificado: “Los que pasaban lo insultaban, movían la cabeza y decían: «¡Eh, tú, que destruyes el Templo y en tres días lo vuelves a edificar, sálvate a ti mismo y baja de la cruz!»” (Mc 15,29-30; par. Mt 27,40).

Cuando Cristo nos advierte que sufriremos persecuciones en su nombre también se refería a estas maledicencias y falsedades: “Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí” (Mt 5,11).

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Ahora bien, Jesús es el Cordero sin mancha que se inmoló por nosotros. Pero la Iglesia, ciertamente, está compuesta de pecadores… ¿No pueden acaso ser ciertas muchas de las acusaciones que se lanzan contra ella?

Cuatro son las notas esenciales de la Iglesia, según el Credo Niceno-Constantinopolitano: Una, Santa, Católica y Apostólica. De ellas, “Santa” es la que más escandaliza a los no-católicos: ¿Puede considerarse “Santa” a la Iglesia ante tantas atrocidades cometidas a lo largo de los siglos? Se citan recurrentemente ejemplos como las Cruzadas, la Inquisición, la condena de la ciencia, la quema de brujas, y los recientes casos de abuso sexual de niños. “¿Cómo consentimos pertenecer a semejante institución?”, nos interpelan.

Estos cuestionamientos suelen ser simplistas. Hay muchas leyendas negras que son enteramente falsas y también sucesos ciertos y terribles. Pero tanto éstos como aquéllas son descriptos habitualmente con tonos maniqueos, sin considerar los complejos contextos y factores de cada caso. Además, se olvidan las innumerables y decisivas contribuciones de la Iglesia al pensamiento, la ciencia, el arte y literatura a través de su historia. 

 

En efecto, la contribución de la Iglesia a lo largo de la historia al arte, la música, la arquitectura, la ciencia, el derecho y la economía son innegables. El historiador Thomas Woods en su libro “Como la Iglesia Católica construyó la civilización occidental” profundiza en el legado del cristianismo, hoy a menudo desconocido o negado. Concluye que al estudiar la civilización occidental y sus instituciones, éstas no han sido fruto de una evolución casual y dispersa. A partir de la herencia de Grecia y Roma, han nacido dentro de una matriz cultural cristiana que, junto con los inevitables fallos humanos, ha supuesto una obra civilizadora decisiva.


Siguiendo la historia de la Iglesia Católica, Woods demuestra en capítulos monográficos las aportaciones que ha hecho a la cultura occidental: la labor civilizadora de los monasterios en la Edad Media; el nacimiento de las universidades; las maravillas del arte de las catedrales, el desarrollo de la ciencia experimental desde finales de la Edad Media; los orígenes del Derecho Internacional; los precedentes de la economía moderna en la Escuela de Salamanca; el desarrollo de las obras de beneficencia cuando nadie se preocupaba por los más pobres, la progresiva erradicación de muchas conductas inhumanas…

Tampoco se tiene en cuenta la extendida presencia de la Iglesia en todo el orbe, a través de una multitud de organizaciones católicas para la educación y la salud, como así también para la promoción humana, especialmente en países pobres o de misión. Es un hecho objetivo que la Iglesia Católica es la institución caritativa más grande del planeta. Ciertamente, su misión fundamental es proclamar y celebrar la fe en Jesucristo; pero, dado que su cometido es religioso, es, a la par, plenamente humano (Cf. GS 11). Por eso, siempre se abocó mediante múltiples medios a la asistencia y promoción a los más vulnerables. 

Las estadísticas son elocuentes, y están disponibles para quien quiera consultarlas. El sitio Religión en Libertad proporciona numerosos cifras concretas al respecto. Aquí extractamos algunos datos proporcionados en sendos informes por L. Alejandro Recio y por el P. Juan García Inza, que resultan verdaderamente abrumadores: Por citar algunos pocos ejemplos: 


Sólo en países del Tercer Mundo, las Universidades Católicas educan a un millón de Universitarios; asimismo en estos países asisten a 96.000.000 alumnos de Enseñanza Media y 15.000.000 en la Enseñanza Primaria. Particularmente, los jesuitas instruyen a más de un millón de niños en Escuelas Gratuitas. Con presencia la totalidad de los 5 continentes, la Iglesia administra decenas de miles escuelas maternas y jardines de infantes; escuelas primarias e institutos secundarios. Casi 3.000.000 de estudiantes acuden a universidad católicas.


En cuanto al área de la salud, la Iglesia Católica administra el 26% de los centros hospitalarios y de ayuda sanitaria existentes en todo el mundo, incluyendo 60.000 hospitales y dispensarios, más de 500 leproserías, como así también numerosas casas para ancianos y orfanatos. Como caso particular, si la Iglesia Católica saliera de África, 60% de las escuelas serían cerradas, a pesar de que este continente es, en su mayoría, musulmán o comunista y sólo alrededor de un 3% es católico.


Asimismo, existen numerosas entidades católicas que promueven proyectos para la asistencia sanitaria, agropecuaria, educativa, especialmente en zonas no desarrolladas, o azotadas por catástrofes naturales o conflictos bélicos: la Fundación Populorum Progressio; la ONG "Manos Unidas"; el Consejo Pontificio “Cor Unum”; Cáritas Internacional; Misioneras de la Caridad (la orden religiosa católica fundada por Santa Teresa de Calcuta); los Salesianos de Don Bosco, y un largo etc.
 

Por último, forma parte esencial de la vida de la Iglesia los incontables ejemplos de santidad personal de hombres y mujeres (sean canonizados o anónimos) en sus dos milenios de presencia en el mundo.

Ahora bien, ¿qué significado concreto tiene la expresión “leyenda negra”? El Diccionario de la RAE la define como “opinión contra lo español difundida a partir del siglo XVI”. En su concepto extendido, la Academia describe la leyenda negra como la “opinión desfavorable y generalizada sobre alguien o algo generalmente infundada”.

Manuel Rodríguez de la Peña, profesor de Historia Medieval de la Universidad San Pablo, explica su aplicación a la Iglesia: “Cuando se aborda la historia de la Iglesia católica, tarde o temprano nos encontraremos con el fenómeno historiográfico que se ha dado en llamar leyenda negra”. Es una “presentación tendenciosa de los hechos históricos, bajo la apariencia de objetividad y de rigor histórico o científico, procura crear una opinión pública, bien anticlerical, bien anticatólica”, lejos de una “denuncia honesta y rigurosa de los errores cometidos por los miembros de la Iglesia”. De este modo, se distorsiona voluntariamente el pasado de la Iglesia, para descalificar globalmente a la institución. Veamos al respecto dos citas de sendos sociólogos e historiadores agnósticos: Léo Moulin y Rodney Stark:

…la obra maestra de la propaganda anticristiana es haber logrado crear en los cristianos, sobre todo en los católicos, una mala conciencia, infundiéndoles la inquietud, cuando no la vergüenza, por su propia historia. A fuerza de insistir, desde la Reforma hasta nuestros días, han conseguido convenceros de que sois los responsables de todos o casi todos los males del mundo. (…) No ha habido problema, error o sufrimiento histórico que no se os haya imputado. Y vosotros, casi siempre ignorantes de vuestro pasado, habéis acabado por creerlo, hasta el punto de respaldarlos. En cambio, yo (agnóstico, pero también un historiador que trata de ser objetivo) os digo que debéis reaccionar en nombre de la verdad. De hecho, a menudo no es cierto. Pero si en algún caso lo es, también es cierto que, tras un balance de veinte siglos de cristianismo, las luces prevalecen ampliamente sobre las tinieblas" (Léo Moulin, citado en “Las leyendas negras de la Iglesia” de Vittorio Messori).

(…) Inmediatamente después de ser declarada religión oficial del imperio romano, la Iglesia cristiana persiguió a los no cristianos hasta eliminar el paganismo. La caída de Roma y el auge de la Iglesia señalaron la entrada de Europa de un milenio de ignorancia y retraso. Esta Edad Oscura ‒o Siglos Oscuros‒ perduró hasta el Renacimiento y la Ilustración, cuando los sabios laicos rompieron las barreras que durante siglos había impuesto la Iglesia Católica a la razón. Iniciadas por el papa, las cruzadas no fueron sino el primer capítulo sangriento en la historia del colonialismo gratuito y brutal europeo. La Inquisición española torturó y asesinó a un enorme número de personas inocentes por crímenes «imaginarios», como la brujería y la blasfemia. La Iglesia Católica temió y persiguió a los científicos, como puso de manifiesto el caso de Galileo. De ahí que la «Revolución Científica» se produjese principalmente en sociedades protestantes, porque en ellas la Iglesia Católica no estuvo en condiciones de suprimir el pensamiento independiente. Totalmente a gusto con la esclavitud, la Iglesia Católica no opuso la menor resistencia cuando esta fue introducida en el Nuevo Mundo, ni tampoco trató de hacerla más humana. (...) Todos estos enunciados forman parte de la cultura común, y por lo tanto son ampliamente aceptados y a menudo repetidos. Pero, todos ellos son falsos, y lo que afirman muchos de ellos es justamente lo opuesto a la verdad…”. (Rodney Stark, “Falso testimonio. Desmontando siglos de historia anticatólica”).

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Ya comprobamos en el Nuevo Testamento cómo el mismo Jesús fue calumniado por fariseos y sacerdotes, tachándolo de “glotón y ebrio” (Mt 11,19), “blasfemo” (Lc 12,10) y “endemoniado” (Mc 3,22). Incluso, como vimos al comienzo, debió soportar falsos testimonios durante su proceso: “…le oímos decir: «Yo destruiré este Santuario»” (Mc 14,58). Similares difamaciones cayeron sobre el diácono Esteban, primer mártir cristiano: “sobornaron a unos hombres para que dijeran que le habían oído blasfemar contra Moisés y contra Dios” (Hch 6,11), y sobre Pablo (Hch 22,30; 23,29).

Podemos ver cómo pronto aparecieron una serie difamaciones contra el cristianismo primitivo cuando éste comenzó a extenderse por el mundo pagano. En los primeros siglos de nuestra era, circulaban entre el pueblo romano algunas habladurías que hoy resultan insólitas: fruto del desconocimiento de la liturgia eucarística, se acusaba a los cristianos de “comerse la carne niños y beberse su sangre” en sus asambleas, como así también de ser “ateos”, por no querer adorar al emperador como un dios. Según el historiador romano Tácito (†120), los cristianos fueron condenados “no tanto por el crimen de incendiar [la ciudad de Roma] como por su odio a la raza humana” (Anales, XV.44), pues se negaban a participar en festividades en honor a los dioses o en actividades contrarias a las normas de Cristo. Por su parte, el filósofo Celso († 2ª mitad siglo II) en su obra “Discurso Verdadero” difamaba a Jesús, diciendo que habría sido hijo de “una judía amancebada con un soldado romano” y que habría practicado la magia que aprendió en Egipto y que, gracias a esto, se ganó varios discípulos ignorantes. Sin embargo, para Celso el argumento más fuerte en contra de Cristo era su muerte en la cruz, que consideraba humillante e indigna para una divinidad.

Las acusaciones se prolongaron en la Edad Media en las querellas con diferentes heresiarcas y con polemistas judíos y musulmanes. Pero el discurso anticatólico se acentuó especialmente en la segunda mitad del siglo XVI en Inglaterra y Holanda, en el contexto de la lucha de religión entre Felipe II y los protestantes. Se trataba de un conjunto de acusaciones sistemáticas tanto contra la Iglesia como la monarquía hispánica.

Hay ciertos leitmotiv básicos en estas difamaciones, íntimamente entremezclados: una Iglesia que cuando dejó de ser perseguida por el Imperio Romano, comenzó inmediatamente a conspirar para manipular la fe y hostigar a los paganos, o cómo en la época medieval se convirtió en una institución oscurantista, represiva e intolerante, enemiga de todo progreso intelectual o social.

La lista concreta de acusaciones ya nos remite al siglo IV, cuando, por la llegada de Constantino, el cristianismo dejó de ser perseguido, para después pasar a ser religión oficial del Imperio hacia fines de ese siglo. Ya vimos una leyenda negra, popularizada por Dan Brown con el “Código Da Vinci”, consistente en asegurar que la Iglesia “oficial” manipuló y eliminó selectivamente las diversas tradiciones sobre las enseñanzas de Jesús, para elevar a éste a un estatus divino que nunca habría pretendido tener. Otra típica acusación denuncia el “oscurantismo” de la Edad Media, con sus sanguinarias Cruzadas o las extendidas y encarnizadas persecuciones de la Inquisición (a este respecto, Dan Brown también asegura sin pudor que la Iglesia habría quemado a cinco millones de brujas), o la enemistad de la Iglesia con la naciente ciencia moderna, con el “arquetípico” caso de Galileo Galilei. Este historial de narraciones manipuladas encuentra actualmente una buena cantera en los numerosos y atroces casos de abusos sexuales de eclesiásticos, sin duda con una dolorosa base verdadera, pero a menudo intencionalmente exagerados y deformados…

Muchas de estas leyendas negras forman parte del bagaje de la llamada “opinión pública”, y se repiten acríticamente entre comunicadores sociales, políticos e, incluso, entre estudiantes universitarios e intelectuales. Muchos de nosotros, sin duda, en algún momento hemos sido interpelados por este tipo de cuestionamientos en nuestros lugares de trabajo o estudio o entre amigos o familiares. No es raro que nos esgriman estos “datos conocidos” con la intención de cuestionar nuestras razones para ser católicos. Al estar acostumbrados a aceptar resignadamente la “carga de la prueba”, no solemos indagar acerca de las fuentes de tales acusaciones. Pero, si lo hiciéramos, seguramente nos contestarían algo así como “todo el mundo lo sabe”. Es infrecuente que estos objetantes se tomen la molestia en cotejar la información; antes bien, la reciben como una verdad incuestionable y la incluyen en su patrimonio de argumentos contra la Iglesia. 

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Ahora bien, junto con las abundantes manifestaciones de personas e instituciones que fueron canales de la gracia divina, por cierto, no han sido pocos los miembros que, lamentablemente, realizaron actos necios e incluso perversos a lo largo de la historia. Jesús nos ha mandado que seamos veraces y justos, y por eso debemos discernir con honradez la autenticidad de los hechos, sin deformaciones ni edulcoramientos, guardándonos de proponer una “leyenda aurea” que contrarreste las leyendas negras. No hemos de encubrir indudables sucesos oscuros en la historia eclesial ni defender lo indefendible. En cambio, debemos contemplar los pecados de los demás miembros de la Iglesia con el mismo dolor, misericordia y esperanza de conversión que Jesús ha manifestado ante nuestros propios pecados.

La Iglesia está compuesta de pecadores, pero este hecho no contradice que ésta sea, a la vez, portadora de santidad, por ser el cuerpo místico de Cristo. Para comprender esta realidad paradojal de una Iglesia a la vez santa y pecadora, no debemos olvidar que Cristo ha llamado especialmente a los pecadores para que se conviertan y formen parte de su Reino (Lc 5,32).


En el siglo IV surgió en Cartago, África, una corriente herética llamada Donatismo, que afirmaba que la Iglesia debía estar formada por miembros sin pecado y que sólo los sacerdotes irreprochables podían dispensar los sacramentos. El gran San Agustín (†430) combatió esta secta, sosteniendo que, por el contrario, la gracia de Cristo es capaz de obrar a través de instrumentos indignos. En la Edad Media, hacia los siglos X-XII, se difundió en el sur de Francia la secta de los Cátaros (en griego, “puros”), cuyos miembros se consideraban a sí mismos perfectos, miraban con horror la materia y negaban la Encarnación y la Resurrección de Cristo. También ellos se veían como el bastión de los inmaculados en medio de un mundo caído y condenado.

La Iglesia Católica, en contraste, no es un refugio para los que se consideran santos, a salvo de los pecados del mundo. Como el escritor y apologista católico G. K. Chesterton (†1936) señalaba, la distinción capital no se da entre pecadores y no pecadores, sino entre los pecadores que reconocen su pecado (y por eso, se saben necesitados de redención) y los que no lo hacen. San Pablo percibió claramente cómo la gracia divina triunfa sobre nuestra fragilidad:


“Pero nosotros llevamos ese tesoro en recipientes de barro, para que se vea bien que este poder extraordinario no procede de nosotros, sino de Dios” (2 Cor 4,7).


“ ...donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Rom 5, 20).


No obstante, admitir que Dios quiso actuar a través de estas “vasijas de barro” no excusan los esfuerzos por alcanzar la santidad. Debemos aborrecer el pecado tanto personal como estructural y luchar contra él, sabiendo que “el poder de la Muerte no prevalecerá” contra la Iglesia (Mt 16,18).

Castillo cátaro de Quéribus
en el Languedoc francés