5. ¿Enseña Dios la libre interpretación de la Biblia?


La mayoría de las denominaciones protestantes reivindican el principio de que sólo la Escritura debe ser usada como fundamento de la Fe cristiana. Puesto que la Biblia es Palabra de Dios, y la Palabra de Dios debe ser una regla de fe para el cristiano, se concluye que ha de ser la única regla de Fe para el cristiano.  


Así, puesto que ésta es la única pauta que reconocen, no hay una instancia magisterial a la cual recurrir, sino sólo el criterio individual de cada lector de la Biblia. De ahí que se ponga énfasis en la libre interpretación de la misma.


Pero, en realidad, este razonamiento es un sofisma, un falso argumento que, a primera vista, tiene aspecto de verdadero. Del hecho de que la Biblia sea, sin duda, Palabra de Dios y, como tal, regla de fe para todo cristiano, no se deduce que deba ser su única regla de fe.


En efecto, que la Biblia sea Palabra de Dios no excluye que la Tradición también lo sea, invalidando la conclusión de que sólo la Biblia es la norma de fe para el creyente. Es la misma Tradición apostólica la que conservó oralmente las palabras y obras de Jesús, para luego ir poniéndolas por escrito en las Epístolas y los Evangelios. Partiendo de este dato, veamos dos argumentos fundamentales para salir al paso de la interpretación protestante del pasaje citado en el apartado anterior de Mateo 16 ("Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia...")  


1) El principio de la “Sola Escritura” no se encuentra formulado en la Biblia

No sólo este principio no consta en el Nuevo Testamento; son las mismas Sagradas Escrituras las que insisten en cuán importante es que un maestro las interprete: los Apóstoles piden a Jesús que explique varias parábolas (Mc 4,34, Mt 15,15, Lc 8,9, etc.); los discípulos de Emaús, habiendo conocido los textos de los profetas, también necesitan que Jesús los desentrañe (Lc 24,25s); el eunuco etíope que lee Isaías se lamenta ante Felipe: “¿Cómo lo puedo entender, si nadie me lo explica?” (Hch 8,31); Pedro, por su parte, previene: “...nadie puede interpretar por cuenta propia una profecía de la Escritura” (2Pe 1,20); más adelante, advierte que hay cosas difíciles de entender en las cartas de Pablo: “algunas personas ignorantes e inestables interpretan torcidamente, como, por otra parte, lo hacen con el resto de la Escritura…” (2Pe 3,16).


Asimismo, el principio de “Sola Escritura” fragmenta a la Iglesia. Sin un Magisterio normativo, surgen inevitablemente interpretaciones contrapuestas ante un mismo texto bíbico. De hecho, esto es lo que ha estado sucediendo desde la Reforma Protestante: un proceso de atomización en un sinfín de denominaciones cristianas y pseudo-cristianas. Se tornó frecuente que algún iluminado recibiese una revelación particular respecto de la elucidación de algún pasaje del Nuevo Testamento, y, separándose de su propia congregación, fundara una nueva iglesia.


2) Escritura y Tradición son inseparables


En el comienzo de los Hechos de los Apóstoles aparece una declaración que podría pasar inadvertida pero que es de capital importancia para nuestro punto: después de la Pascua, Jesús “durante cuarenta días se les apareció [a los Apóstoles] y les habló del Reino de Dios” (Hch 1,3). Aquí Lucas está refiriendo una enseñanza del mismo Jesús que sólo fue conservada en la Tradición oral de los discípulos.


Aunque la totalidad había sido ya redactada antes de la primera mitad del siglo II (el canon oficial de sus 27 libros fue universalmente aceptado recién hacia mediados del siglo IV y formalmente definido en el Concilio de Trento en 1546), debe tenerse en cuenta que, en los primeros siglos, los cristianos no dispusieron de un Nuevo Testamento completo, sino que cada iglesia local contaba con diversos Evangelios y cartas. Así pues, las primeras comunidades fueron evangelizadas e instruidas principalmente gracias a esta tradición oral, esto es, la doctrina de los discípulos: “Todos se reunían asiduamente para escuchar la enseñanza de los Apóstoles…” (Hch 2,42).


Por eso, cuando Pablo exhorta a los cristianos de Tesalónica a mantenerse firmes en las enseñanzas apostólicas, equipara las tradiciones orales y escritas:


…Hermanos: manténganse firmes y conserven fielmente las tradiciones que aprendieron de nosotros, sea oralmente o por carta” (2 Tes 2,15).