4. ¿Fundó Jesús la iglesia?


Tal vez hayamos escuchado diatribas contra el Papa de boca de fieles de ciertas iglesias separadas. Interpretando a su manera algunos pasajes bíblicos, estos cristianos niegan que Jesús haya querido confiar el pastoreo de su Iglesia a Pedro y sus sucesores. Aquellos que forman parte de diversas congregaciones cristianas “libres” van más lejos aún y rechazan que el Señor haya tenido siquiera la intención de fundar la Iglesia como institución. ¿Hay bases bíblicas para estas negaciones?


El acto de fundar la Iglesia y encomendársela a Pedro son dos gestos de Jesús que no pueden separarse entre sí. Los evangelios muestran reiteradamente cómo Cristo distingue a Pedro de entre todos los apóstoles: él es el primer Apóstol (Mt 10,2); el encargado de confirmar en la fe a sus hermanos (Lc 22,32); testigo privilegiado de la transfiguración (Mt 17,1) y de la agonía del Huerto (Mt 26,37). Después de la resurrección, Jesús se le aparece a él sólo, antes que a los demás Apóstoles (Lc 24,34; 1Cor 15,5).


Luego de preguntarle tres veces si lo ama, el Señor le encarga apacentar a sus corderos (Jn 21,15s): los “corderos” simbolizan los fieles (Jn 10,1s) y “apacentar” es gobernar la Iglesia (Hch 20,28).


Después de la ascensión de Jesús, Pedro ejerce este primado en la comunidad primitiva: dispone la elección de Matías (Hch 1,15s); es el primero en predicar en Pentecostés (2,14s) y en testimoniar en el Sanedrín (4,8s); recibe al primer pagano (Cornelio) (10,1s); es el primero en hablar en el Concilio de los apóstoles (15,17s); Pablo, por su parte, marcha a Jerusalén “para conocer a Kefas” [Pedro] (Gal 1,18).


Además del testimonio de estos textos, la principal declaración de Jesús aparece en el Evangelio de Mateo, luego de que el Señor preguntara a sus discípulos “¿Y ustedes (…) ¿quién dicen que soy?”:

 
Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: 'Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo'. Y Jesús le dijo: 'Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo'“ (Mt 16,16s).


Veamos cómo la cadencia del relato evidencia que Jesús funda la Iglesia y se la encomienda a Pedro:


1) Cuando Pedro le confiesa a Jesús que él es el Mesías, Jesús lo llama “feliz” y le anuncia formalmente que cambiará su nombre de Simón por Pedro (en arameo “Kefas”, es decir “roca”). Este cambio de nombre también es señalado en el resto de los Evangelios (Jn 1,42; Mc 3,16, Lc 6,14).


2) A renglón seguido, explicando el significado de este nuevo apodo, Jesús le confía a Pedro su misión: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia”.


3) Garantizándole que la Iglesia jamás será derrotada por los poderes del mal, Cristo designa a Pedro su administrador al prometerle las llaves del Reino de Dios (véase en Apoc 1,18; 3,7 cómo las llaves son un símbolo de soberanía sobre los poderes del mundo).


4) Esto equivale a la potestad de “atar y desatar”: se trata de una expresión rabínica que alude al poder de pronunciar o levantar una excomunión e interpretar lo que está permitido o prohibido.


5) Posteriormente, Jesús extiende a todos los Apóstoles este poder de “atar y desatar” (Mt 18,18).


Fundado en estos testimonios en las Escrituras, recogidos y prolongados en la Tradición, el Magisterio ha declarado que Jesús fundó la Iglesia y confió a Pedro la misión de pastorearla junto con los Apóstoles (Concilio Vaticano I, Constitución “Pastor Aeternus”).

Interpretación protestante de este texto


Nuestros hermanos separados suelen aferrarse a interpretaciones bíblicas muy bien estudiadas; no es raro que nos dejen sin una réplica fundada en los asuntos que nos separan (como la libre interpretación bíblica, las imágenes, los sacramentos o la Virgen María). Por eso, a modo de ejercicio, emprendamos la tarea un poco árida de analizar este pasaje: presentando la correcta exégesis de este significativo ejemplo, alentamos a los lectores a sondear más en las numerosas obras católicas de exégesis y apologética bíblica (ver algunas en la bibliografía).  


Algunos autores protestantes se centran en los diferentes términos que constan en el texto griego: Pedro es “petros” (es decir, “piedrecita”) y Piedra es “petra” (esto es, “gran piedra”). Así, afirman que Cristo habría dicho: “tú eres Pedro [petros] y [señalándose a sí mismo] sobre esta Piedra [petra] edificaré mi Iglesia”. De este modo, indican, Jesús no habría tenido ninguna intención de constituir a Pedro como la “roca” de la Iglesia.


Sin embargo, Jesús se dirigió a Pedro en arameo, idioma que no diferencia entre ambas palabras. El griego distingue petros y petra, pero en arameo se usa el mismo término “kefas”: “Tú eres Kefas y sobre esta kefas edificaré mi Iglesia”. Además, aun cuando “petros” y “petra” hubiesen sido originalmente diferentes, distinguirlos no encajaría en el contexto. Jesús llama a Pedro bienaventurado o feliz porque “la carne y sangre no te revelaron esto, sino mi Padre…”. Y, luego de esta declaración solemne, le cambia el nombre por Pedro, acompañando el gesto con la consiguiente promesa: “sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. No habría tenido sentido renombrar a Pedro si, seguidamente, no le hubiese comisionado la misión de pastorear la Iglesia.

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Terminemos este apartado con una sugerente imagen propuesta por Lucas al comienzo del cap. V de su Evangelio:


En una oportunidad, la multitud se amontonaba alrededor de Jesús para escuchar la Palabra de Dios, y él estaba de pie a la orilla del lago de Genesaret. Desde allí vio dos barcas junto a la orilla del lago; los pescadores habían bajado y estaban limpiando las redes. Jesús subió a una de las barcas, que era de Simón, y le pidió que se apartara un poco de la orilla; después se sentó, y enseñaba a la multitud desde la barca”.

 

Notemos tres detalles del relato: 1) Jesús elige la barca de Pedro para dirigir su palabra a la gente congregada a orillas del lago de Genesaret; 2) Jesús luego toma asiento en esa barca; y 3) desde allí, comienza a enseñar a la multitud.

 
San Juan XXIII, analizando este pasaje, declara explícitamente (citando un comentario de Inocencio III) que “la barca de Pedro es la santa Iglesia, de la que Pedro, Simón el pescador, fue hecho cabeza” (Alocución 28-06-1962). Como afirma el exégeta católico Joseph Fitzmyer, “la elección de la barca de Pedro da particular relieve al personaje que va a ser el jefe del grupo de discípulos que, a su debido tiempo, van a reunirse en torno a Jesús” (Fitzmyer, J., El Evangelio según san Lucas T. II, Madrid, 1987, p. 491).


Benedicto XVI por su parte, une la elección de la barca de Pedro con el acto de Jesús de sentarse y enseñar: habiendo elegido la barca de Simón Pedro, “sentándose en esa cátedra improvisada, se pone a enseñar a la muchedumbre desde la barca”. Con este acto, “la barca de Pedro se convierte en la cátedra de Jesús”.


Fitzmyer, después de destacar que hay numerosos ensayos que sugieren esta alegoría de la enseñanza de Jesús desde la barca de Pedro para simbolizar el magisterio de la Iglesia, como exégeta, apunta a esta interpretación: “…probablemente haya que ver en esa indicación una referencia a la postura típica del maestro, que imparte su enseñanza sentado” (Fitzmyer, J. Id.).


En efecto, en las Escrituras el gesto de sentarse es significativo: los reyes se sientan en su trono para ejercer su autoridad (1 Re 1,48 8,20, 2 Cro 2,16), así como el mismo Dios está sentado en su Trono (Is 6,1). El mismo Lucas señala que, sólo luego de sentarse en la Sinagoga, Jesús proclama su mesianismo (Lc 4,20-21). Después de su Ascensión, Jesús está “sentado a la derecha de Dios” (Mc 16,19); como signo de poder para juzgar con poder y gloria (Mt 26,64; Apoc 14,14).

 
Para reafirmar este papel magisterial, Lucas, luego de aclarar poco después que Jesús ha puesto a Simón “el sobrenombre de Pedro” (Lc 6, 14), narra que a Pedro encarga luego de su resurrección que “confirme a tus hermanos” en la fe, luego de haber rogado para que a Pedro mismo no te falte la fe (Lc 22,32).