1. Fundamentar nuestra pertenencia a la Iglesia.

Fiel a la lógica de la Encarnación que Él mismo consagró al tomar el Hijo carne humana en la Virgen María, y a fin de continuar actualizando en la historia la redención por él alcanzada, Dios se hace sacramento en nuestra historia mediante Su Iglesia. Él quiso quedarse con nosotros, asumiendo lo que somos, donándose de un modo histórico, encarnado y comunitario. Luego de rogar al Padre “que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros” (Jn 17,21), Jesús encomendó a Pedro y los Apóstoles pastorear a su Iglesia (Cf. Jn 21,15s).


Sin embargo, a pesar de esta misión divina, a causa de egoísmos, concepciones unilaterales y falta de diálogo, han existido numerosas separaciones en el seno de la Iglesia a lo largo de su historia (los “cismas”). A partir de esta realidad no querida por Dios, es prioritaria para la Iglesia toda actividad ecuménica en pos de recuperar la unidad desgajada, emprendida a la vez con fidelidad a la verdad y con capacidad de escucha.

 

En verdad, existen diversos grados de pertenencia a la Iglesia (Cf. LG 15-16; CIC 836-845); incluso las religiones no cristianas “no pocas veces reflejan un destello de aquella verdad que ilumina a todos los hombres” (Concilio Vaticano II, Declaración Nostra Aetate, n. 2, año 1965). No obstante, la redención de Jesús llega a todo ser humano siempre por medio de la Iglesia Católica (Cf. LG 14); en última instancia, es en ella donde subsiste “la plenitud de los medios de salvación” (Concilio Vaticano II, Decreto Ad Gentes, n. 6, año 1965).


Ahora bien, en mayor o menor grado, hay una serie de aspectos en que las diversas denominaciones cristianas separadas divergen de la Iglesia Católica: el primado de Pedro, el papel de la Tradición y la libre interpretación de las Sagradas Escrituras, la efectividad de los sacramentos, la veneración de los Santos, etc.


Así pues, por un lado, podemos y debemos trabajar juntos con aquellas ramas cristianas que reconocen a Jesucristo como Verbo Encarnado, Mesías y Señor Resucitado, a fin de presentar razones convincentes de nuestra fe cristiana a los no creyentes; sin embargo, no son pocas las veces que los católicos se ven desorientados por las objeciones de nuestros hermanos separados que, Biblia en mano, pretenden demostrarles algún supuesto desvío de la Iglesia Católica respecto de la Palabra de Dios.


Por eso, esta última Parte estará dedicada a cimentar la fe específicamente católica en aquellos aspectos cuestionados por no católicos, para mostrar así los sólidos fundamentos escriturísticos de esa misma Iglesia que es heredera de la historia de la revelación y redención divinas del Pueblo de Dios.

Bibliografía consultada para esta 4a Parte


Lima, Alessandro, Em defesa da Fé Católica nas questões mais difíceis.
Fuentes, Miguel Ángel, ¿Dónde dice La Biblia que...
Barron, Robert, Catolicismo. Un viaje al corazón de la Fe
Bollini, Claudio, El acontecimiento de Dios
Bollini, Claudio, Ésta es la Fe que profesamos
Messori, Vittorio, Las leyendas negras de la iglesia
Stark, Rodney, Falso testimonio. Desmontando siglos de historia anticatólica

Woods, Thomas, Como la Iglesia Católica construyó la civilización occidental