¿Es el mal un “anti-argumento”? 

De los argumentos contra la existencia de Dios que a menudo debemos enfrentar, el más importante es, sin dudas, el problema del mal y del sufrimiento.

1) Versiones del problema del sufrimiento

Ante todo, debemos distinguir entre el problema intelectual y el problema existencial que plantea el sufrimiento. El problema intelectual se refiere a la imposibilidad de pensar conjuntamente a Dios y el sufrimiento; se trata de una negación racional de la existencia de Dios a causa del mal. El problema existencial, en cambio, se relaciona con el rechazo visceral hacia un Dios que permite el sufrimiento.

Son muchos quienes en sus vidas cotidianas experimentan el mal como un problema existencial, no intelectual. Su incredulidad no nace por refutación sino por rechazo. Sin embargo, es también habitual encontrarnos con los que interpelan nuestra fe, empleando especulativamente este argumento como su gran caballo de batalla. Veamos ambos casos.

a. Problema intelectual del sufrimiento.

En los capítulos anteriores vimos argumentos para la existencia de Dios; el creyente tenía que soportar la carga de la prueba, pues era él quién los postulaba. Pero ahora es el turno del no creyente. Como aquí sopesaremos las tesis en favor del ateísmo, depende de sus defensores llevarnos a la conclusión de que Dios no existe. Más aún, en estricta justicia, además de dar sus razones de la inexistencia de Dios por causa del mal, deberían también explicar el contraargumento del misterio del bien, a saber, porqué hay tantos ejemplos de santidad y altruismo, más allá de todo rédito. No obstante, con demasiada frecuencia, los fieles permiten a los incrédulos poner la carga de la prueba sobre sus hombros. Es típico el desafío: “Dame una buena explicación de por qué Dios permite el sufrimiento”.

El problema intelectual, en su versión más habitual, postula que la coexistencia de Dios y el sufrimiento es altamente improbable.

Dos de las formas más comunes de este argumento podrían formularse así:

(1) No puede conciliarse un Dios infinitamente bueno con la experiencia del mal

El Obispo Robert Barron señala que ya en el siglo XIII Santo Tomás en su Suma Teológica se adelantó a la objeción, tan en boga hoy, de que si existiese un Dios infinitamente bueno no existiría el mal[1]. En la cuestión inicial sobre la existencia de Dios, Tomás enuncia la objeción así: si uno de los contrarios es infinito, el otro queda totalmente anulado. Es decir, si hubiese calor infinito, el frío no existiría… Así también, si existiese Dios, no existiría ningún mal. Pero el mal se da en el mundo. Por lo tanto, Dios no existe.

Responde Tomás que “Dios, por ser el bien sumo, de ninguna manera permitiría que hubiera algún tipo de mal en sus obras, a no ser que, por ser omnipotente y bueno, del mal sacara un bien. Esto pertenece a la infinita bondad de Dios, que puede permitir el mal para sacar de él un bien”[2].

Más adelante, en la cuestión sobre la providencia de Dios, Tomás vuelve sobre el tema. Interpone la objeción de que, si Dios fuese providente, excluiría todo mal de aquello que está bajo su cuidado. Responde a esto el Doctor Angélico que no es lo mismo “quien cuida algo concreto que quien cuida de todo (…) quien cuida de todo permite que en algo concreto aparezca algún defecto para que no desaparezca el bien del todo”. Por eso, pertenece a la providencia de Dios “que permita la existencia de algunos defectos en cosas concretas para que no se pierda el bien del universo entero (…) Por ejemplo: No existiría la vida del león si no existiera la muerte de animales; no existiría la paciencia de los mártires si no existiera la persecución de los tiranos”[3].

Barron ejemplifica también con el heroísmo de Edith Stein y Maximiliano Kolbe ante Hitler. “Amplíalo y piensa en todos los innumerables actos de nobleza, coraje y generosidad que sucedieron durante la Segunda Guerra Mundial, precisamente por el sufrimiento. Ése es el principio”[4].

Esta explicación debe complementarse con lo que el mismo Santo Tomás explica en la cuestión 49 (sobre la causa del mal): “el mal es la ausencia del bien que debe poseerse”[5]. Es decir, el mal es ausencia de ser, no una fuerza opuesta al bien, del mismo modo que lo es una caries en una muela o una enfermedad: se trata de algo que debería estar allí (salud) pero no se halla presente.

(2) El sufrimiento es inútil y Dios podría haberlo evitarlo

• Gran parte del sufrimiento parece ser inútil e innecesario.

• Si Dios existiera, podría haberlo evitado.

• Por lo tanto, Dios no existe.

El centro de esta argumentación consiste en asegurar que, dado que no parece coherente que Dios tenga razones para permitir el mal, tal Dios simplemente no existe…

2) Respondiendo a estas objeciones intelectuales del problema del mal

Veamos tres argumentos escalonados que van conformando una solución convincente a esta objeción concreta:

a) Limitaciones humanas.

Por nuestra condición de personas finitas, existimos limitados en espacio, tiempo e inteligencia. El insigne filósofo francés Blas Pascal (†1662) en sus Pensamientos describió de manera inolvidable el descubrimiento de esta finitud: “Cuando considero la pequeña duración de mi vida, absorbida en la eternidad que le precede y que le sigue, el pequeño espacio que lleno y aun el que veo, abismado en la infinita inmensidad de los espacios que ignoro y que me ignoran, me espanto y me asombro de verme aquí y no ahí, pues no hay razón para que yo esté aquí y no ahí, ahora y no entonces”[6]. El hombre se halla “infinitamente distante de comprender los extremos. Para él, el fin y el principio de las cosas están insuperablemente escondidos en un secreto impenetrable, y es igualmente incapaz de ver la nada de donde ha sido extraído y el infinito donde está sumido”[7]. Precisamente, por causa de estas restricciones ineludibles no estamos en condiciones de afirmar que Dios carezca de razones para permitir el sufrimiento.

Trent Horn propone el siguiente ejemplo para ver, por analogía, cómo Dios podría permitir un mal para impedir uno aún mayor[8]. Un amigo llega a mi casa en un crudo día de invierno y se queja de que el lugar está frío: “¿Por qué no pones esa magnífica calefacción eléctrica que tienes para hacerlo más acogedor?” Mi visitante no puede concebir razón alguna por la que yo no la haya encendido, para que él pueda así resguardarse del inclemente clima. No sabe que el electricista me avisó recién que tengo la instalación eléctrica en mal estado; para evitar un cortocircuito, no debo sobrecargarla, evitando de momento conectar artefactos de alto consumo.

La moraleja de este caso es que el dolor puede parecer inútil dentro del reducido marco humano de percepción, pero es permitido por Dios desde su perspectiva infinita, a fin de proporcionar un bien mayor o evitar un mal mayor. Dios ordena toda la historia para sus fines mediante las decisiones y actos libres de las personas.

A causa de la sutil cadena de efectos que desatan nuestras acciones, no podemos prever cómo éstas repercutirán en el futuro o en otros sitios. Es lo que científicos estudian como “Teoría del caos” y “Efecto Mariposa”: pequeñas causas producen efectos cada vez mayores; así, por una compleja conexión de eventos, el aleteo de una mariposa en Brasil puede producir un tornado en Texas. Encontramos una incesante secuencia de estos mecanismos en la película llamada precisamente “The Butterfly Effect” (Efecto Mariposa, 2004). Pero también nos resultó fascinante el ejemplo que Horn toma de la película “Frequency” (Frecuencia, 2000)[9]: a partir de un recurso de ciencia ficción, John, el protagonista, establece un puente con el pasado que le permite comunicarse por radio con su padre, ya muerto. John logra así advertirle sobre un incendio donde perderá su vida. Como resultado, el padre no muere y puede visitar a su esposa, que es enfermera en el hospital local. Por ver a su esposo al otro lado de la sala, la madre de John descubre que un paciente está a punto de sufrir una sobredosis, y le salva la vida. Pero este hombre resulta ser un asesino serial que, en lugar de matar a tres personas (como en la línea de tiempo original), mata a diez personas, incluida la madre de John.

Otro caso muy sugestivo es el que Craig propone[10]: un niño muere en un terremoto, enterrado dramáticamente entre los escombros. Nos preguntamos por qué Dios lo ha dejado morir así. Pero habrá consecuencias que acaso jamás conozcamos: por esta desgracia, el gobierno decretará, por fin, normas antisísmicas para los nuevos edificios, evitando así miles de muertes futuras; mucha gente indiferente se verá incentivada a tener una mayor solidaridad; la familia del niño se mudará a otra ciudad, sus nietos conocerán a una comunidad eclesial y se convertirán a la fe cristiana, influyendo radicalmente en la vida de muchas otras personas, etc...

b) El alcance completo de la realidad.

Cuando el ateo afirma que, ante la evidencia del mal, la existencia de Dios es improbable, debemos preguntar “¿improbable con relación a qué?” Si el único marco de referencia es el sufrimiento en el mundo, ¡entonces, ciertamente, la existencia de Dios parecerá improbable! Como vimos, una mentalidad empirista juzga lo que percibimos sensiblemente como la única instancia de lo real… Pero esta objeción pierde consistencia cuando nos percatamos de que nunca podremos contrastar el mal que padecemos con el panorama integral de la realidad.

Esta perspectiva universal, sólo conocida y comprendida por Dios, es, de suyo, inabarcable e incognoscible para nosotros. Dios tiene una mente infinita y un dominio absoluto del espacio-tiempo. El hombre, en contraste, es un ser finito: por definición, no está en posición de afirmar que no existe ningún valor redentor en los males que pasan. Barron propone el siguiente ejemplo: “es como un estudiante de primaria que viese las fórmulas de Einstein y dictaminara que son sólo garabatos sin sentido”[11].

Ya habíamos presentado el silogismo de la existencia de los valores y deberes morales como testimonio de la existencia de Dios. Ahora podemos reforzar aquel argumento como sigue: puesto que el mal existe, existen valores morales objetivos; por ende, Dios existe. En efecto, aunque en un plano superficial el sufrimiento cuestiona la existencia de Dios, en un nivel más profundo, en verdad, la demuestra.

Sucede que percibir que el sufrimiento es malo implica hacer un juicio moral, que sólo es posible si Dios existe. Dios es necesario para comprender la idea del mal, de un modo análogo al que es obligatoria la idea de una línea recta para detectar lo que está torcido, o que es esencial el Sol para que haya sombra o se produzca un eclipse.

       Por causa de nuestra restringida percepción de la realidad,

     no somos capaces de dictaminar que un suceso dado es absurdo o fútil.

 

3) El sufrimiento y la Fe Cristiana

Los puntos a) y b) aluden al Dios de los grandes monoteísmos. El cristianismo, en particular, vuelve aún más viable la coexistencia de Dios y el mal. Veamos un par de razones concretamente cristianas[12]:

a) La acción del pecado: el mal moral (odio, indiferencia, violencia) tiene como fuente inmediata el pecado humano. Los dos primeros capítulos del Génesis[13] narran cómo Dios le encarga al hombre ser pastor de la creación, al ordenarle que pueble la tierra y la someta a los designios divinos (Gen 1,28) y para que la cultive y cuide (Gen 2,15). Pero, al romper la Alianza con Dios[14], también desbarata su relación con el mundo. A partir de entonces, éste le resultará menos hospitalario: el suelo quedará maldito (Gen 3,17); deberá ganarse “el pan con el sudor de su frente” (Gen 3,19); y la mujer dará a luz a sus hijos con dolor (Gen 3,16).

 

Incluso en el llamado “mal físico” (es decir, aquél que proviene de la misma naturaleza y del cual el hombre no es el causante: catástrofes naturales, enfermedades, etc.) puede verse un proceso de creciente responsabilización desde el mandato bíblico de “pastorear” la creación. En la medida en que el hombre fue dominando el mundo mediante su ciencia y técnica, creció, en efecto, su propia responsabilidad acerca de lo que éste realizó y omitió realizar con este poder concedido. Así, hoy debe repensarse también cómo la humanidad en su conjunto (especialmente, en sus niveles de mayor decisión) participa de modo mediato, sea por comisión u omisión, del mal físico: por ejemplo, cuando no destina toda su inteligencia y recursos para investigar una cura para el cáncer o desarrollar un mecanismo que prevenga un tsunami.

Cuando reflexionamos aquí acerca de la libertad que Dios otorgó al hombre y su implícito riesgo, surge una instancia más profunda: este don implica, de suyo y conjuntamente, el don de la capacidad de amar. Cuando se nos cuestiona acerca de la razón por la que Dios nos sometió a una contingencia tan peligrosa como la libertad, hay que discernir este misterio según la lógica de la amistad filial que Dios nos pide que entablemos con Él. De un modo similar, los padres humanos engendran con alegría a su hijo, aunque saben que éste puede llegar a rechazarlos[15].

El argumento antiteísta del mal supone que, para que éste forme parte de un mundo creado por un Dios omnipotente, Dios debe causar ese mal. Pero esto es falaz. Incluso asumiendo que, como Creador, Dios es el responsable último de todo lo que ocurre en su creación, eso no lo hace moralmente culpable de crear un mundo en el que el mal tiene un lugar. Para usar una analogía, Shakespeare no era culpable de maldad debido a las malas acciones realizadas por los personajes en sus obras, a pesar de que escribió las obras, “creó” a los personajes y desarrolló las historias en las que éstos obraron mal[16].

b) Realización escatológica: el propósito último de la vida no es conseguir un “ambiente confortable” en dónde instalarse, sino alcanzar la Vida Eterna. Por eso, lo que pueda acontecernos en nuestra existencia no es la última palabra; es decir, el plan de Dios, aunque comienza en germen en nuestra vida temporal, no se agota en ella. Un dolor puede parecer inútil, pero la Gloria futura no tiene comparación con ese sufrimiento.

Resulta sugerente que, en los países con mayores peligros para el cristianismo, como Siria, Corea del Norte, Somalia, China o Etiopía, a pesar de todo, éste se encuentre en franco crecimiento.

En verdad, no se puede dictaminar la injusticia de ningún desenlace en la historia presente, sino hasta la Parusía misma. Los finales que percibimos son siempre provisionales y sólo verán su conclusión cuando Cristo vuelva en Gloria a instaurar el Reino definitivo.

En suma: Para negar la existencia de Dios por causa del mal, necesitaríamos poder emitir juicios más allá de nuestra percepción finita. Los argumentos se vuelven aún más convincentes para el caso del Dios de Jesucristo, al considerar el permanente factor del pecado y nuestro destino escatológico, más allá de los avatares de este mundo.

4) Problema existencial del sufrimiento y Jesucristo

Acabamos de ver cómo los planteos intelectuales fracasan en su intento de refutar la existencia de Dios. Pero la angustia y la duda suelen seguir acechándonos. Sin embargo, la fe cristiana tiene profundos recursos para enfrentar también el problema existencial del mal: el paradigma para el cristiano es siempre Jesucristo y su Pascua.

La Pascua es el mayor acontecimiento de la historia, aquél en que Dios manifestó al máximo su sabiduría. Justamente es a través de la entrega de su propio Hijo en la cruz como alcanzamos nuestra propia salvación; en Jesús encontramos la última respuesta al misterio del mal, la injusticia, el dolor y la muerte. A estos clamores humanos, ante los cuales fracasa toda filosofía o utopía, Cristo responde desde dentro: asumiendo el pecado humano con su gesto de amor redentor, lo transforma en paso a la plenitud de Dios.

San Anselmo de Canterbury (†1109) en su obra de 1098 “Cur Deus homo” (“¿Por qué Dios se hizo hombre?”) reflexionó sobre cómo sólo Cristo, Dios y hombre, pudo ofrecerle al Padre una compensación infinita por el pecado humano, mediante su sacrificio en la cruz: como hombre realizó la necesaria expiación de la culpa del pecado humano, y como Dios le otorgó a tal oblación el infinito valor requerido para restablecer la justicia quebrada por el hombre entre él y Dios. Pero tal gesto no alude, como frecuentemente cuestionan los escépticos, a un Padre impiadoso, ávido de la sangre inocente de su Hijo, para lavar su honor herido. Jesús acepta libremente su sacrificio; y su pasión y muerte son producidos por la miseria humana, no por la voluntad de Dios. Se trata de una libre ofrenda de Jesús y un gesto de amor supremo a Dios y a los hombres; un rescate obrado con total gratuidad, sin mérito alguno de nuestra parte.

El teólogo y pastor anglicano John Stott (†2011) formuló con lucidez el núcleo del acontecimiento de la redención: “así como la esencia del pecado es que el hombre se pone en lugar de Dios, la esencia de la salvación es que Dios se pone en el lugar del hombre. El hombre se pone en contra de Dios y se coloca donde sólo Dios merece estar; Dios se sacrifica por el hombre y se coloca donde sólo el hombre merece estar”[17].

En la cruz, Cristo soportó un sufrimiento más allá de toda comprensión, al cargar los pecados del mundo entero. Cuando debemos sufrir un mal que parece inmerecido e inútil, hemos de asociarnos a la Pascua de Jesús para participar solidariamente de su fuerza redentora, para también solidariamente resucitar con Él (Cf. Rom 6,3s).

 

El Magisterio de la Iglesia ha expresado claramente esta conexión entre la resurrección Cristo y la respuesta última al enigma del dolor humano: 

 

En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado (…) Por Cristo y en Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte, que fuera del Evangelio nos envuelve en absoluta obscuridad”[18].

Quienes participan en los sufrimientos de Cristo tienen ante los ojos el misterio pascual de la cruz y de la resurrección (…) Él muere clavado en la cruz. Pero si al mismo tiempo en esta debilidad se cumple su elevación, confirmada con la fuerza de la resurrección, esto significa que las debilidades de todos los sufrimientos humanos pueden ser penetrados por la misma fuerza de Dios, que se ha manifestado en la cruz de Cristo”[19].

Paradójicamente, aunque el problema del sufrimiento es la mayor objeción a la existencia de Dios, a la postre, Él es la única solución a éste, al redimirnos del mal en Jesús. Asumiendo los pecados de los seres humanos de todo tiempo y lugar, Jesús venció desde dentro el mal con su gesto de amor redentor. Su acto no termina en su muerte sino en su Pascua, que nos abre el camino a nuestra propia Pascua.

Es una consumación futura, aunque ya ha comenzado a manifestarse como brotes en la presente historia, a través de innumerables eventos en la trama del mundo: cuando, ante el embate de la injusticia y el odio, seguimos el Mandamiento Nuevo de amar como Jesús nos amó (Jn 13,34), la gracia redentora del Dios Trino se hace presente salvíficamente.

Hay que señalar que estas explicaciones, que asumen explícitamente la Revelación cristiana, pueden no ser aceptadas inicialmente por los escépticos; tal vez sea necesaria una mayor contextualización antes de ser presentadas exitosamente. Pero, llegada la oportunidad, debe enfatizarse que, si asumimos la existencia de un Dios que actúa en el mundo, estas verdades de fe son coherentes y razonables. En última instancia, quien desee defender el credo cristiano no debe perder de vista que únicamente en Jesucristo puede encontrarse la clave última para el misterio del mal. Veremos a continuación los fundamentos para cimentar esta confianza.

 

“…El misterio del hombre sólo se esclarece

en el misterio del Verbo encarnado…” (GS 22).

 

 

[1] Barron, R., Op. Cit., p. 14-15.

[2] STh I, q 2, a3, ad 1. Agreguemos a la analogía del calor que éste no es un ser personal. Dios, como Padre amoroso, ejerce su omnipotencia de modo personal, dando un umbral de libertad a su creatura. Ya volveremos sobre este tema.

[3] STh I, q 22, a 2, ad 2.

[4] Barron, R., Op. Cit., p. 16-17.

[5] STh I q 49 a1.

[6] Pascal, B., Pensamientos, Buenos Aires, 2001, n. 205.

[7] Ibid., B 72.

[8] Horn, T., Op. Cit., pos 22%.

[9] Ibid., pos 25%.

[10] Craig, W., Op. Cit., pos 45%, 60%.

[11] Barron, R., Op. Cit., p. 18.

[12] Craig, W., Op. Cit., pos 58%s.

[13] Génesis 1 pertenece a la llamada tradición “sacerdotal” dentro del Pentateuco (los cinco primeros libros de la Biblia), compilada durante el exilio de los israelitas en Babilonia en el siglo VI aC; su rasgo más notable es destacar la trascendencia divina y su estilo es cultual y litúrgico. Génesis 2 y 3, en cambio, son parte de la tradición “yahvista”, redactada hacia mediados del siglo X aC, durante el reinado de Salomón; su estilo es más concreto y con marcados rasgos antropomórficos.

[14] Esta ruptura es la consecuencia del llamado “pecado original”, que consistió en la actitud de suprema soberbia de pretender determinar desde sí mismo, a espaldas de Dios y del hermano, qué es lo bueno y lo malo, situándose en el lugar de Dios mismo.

[15] Es importante para un apologista ahondar en el tema de la responsabilidad y la vida ética. Además de estudiar el Evangelio y las obras de los grandes teólogos morales a lo largo de la historia (desde San Pablo, San Agustín, San Francisco de Sales o San Alfonso María de Ligorio hasta Bernhard Häring), recomendamos ampliar este punto fundamental de la apología con argumentos pensados para escépticos con obras como la de C. S. Lewis, en especial “El gran divorcio”, Madrid, 1997; “Cartas del diablo a su sobrino”, Madrid, 2015 y “Mero Cristianismo”, Madrid, 2009. En este último libro, el insigne pensador anglicano habla acerca del poder degradante del orgullo (al que llama “el gran pecado”, p. 80-84) y de su contrapartida, en la actitud expansiva de la caridad cristiana (p. 85-87), en un lenguaje y con conceptos que pueden ser acogidos por interlocutores no creyentes.

[16] Boa, K. y Bowman, R., Op. Cit., p. 103.

[17] Stott, J., The Cross of Christ, Illinois, 2006, p. 160.

[18] Concilio Vaticano II, Constitución Gaudium et Spes, n. 22 (en adelante GS).

[19] Juan Pablo II, Carta Apostólica Salvifici Doloris, n. 23.