Fidelidad de los redactores a la historia de Jesús: la Confiabilidad del NT

Numerosos cuestionamientos a nuestra fe cristiana se fundan en el falso supuesto (difundido por publicaciones poco serias y por autores de “best sellers” como Dan Brown) de que sabemos muy poco acerca del Jesús histórico o que lo que nos ha llegado de él ha sido manipulado por la Iglesia “oficial”.

Sin embargo, los cuatro Evangelios se basan rigurosamente en el testimonio ocular de quienes habían conocido personalmente a Jesús. Bosquejemos aquí las pruebas que muestran cuán confiables son los textos del NT.

A tal fin, en el presente apartado emplearemos frecuentemente como referencia la precitada obra “Reinventing Jesus” de Komoszewski, Sawyer y Wallace[1].

1) ¿Son dignas de confianza las biografías de Jesús?

El NT refleja el testimonio de los testigos oculares y presenta los inconfundibles signos del rigor histórico. Las narraciones sobre la vida y obras de Jesús fueron recogidas principalmente por los Evangelios, aunque también hay referencias importantes en el libro de los Hechos de los apóstoles y las Cartas de Pablo.

Tanto la armonía existente entre estos relatos acerca de los hechos esenciales, como las divergencias acerca de ciertos detalles incidentales, otorgan credibilidad histórica a estos testimonios. La Iglesia primitiva no habría podido florecer en Jerusalén, si hubiera intentado enseñar hechos acerca de Jesús que sus coetáneos estuvieran en condiciones de denunciar como exagerados o falsos. No hay testimonio alguno (sea arqueológico, bíblico o historiográfico) de este tipo de confrontaciones tempranas.

Veremos a continuación tres puntos fundamentales para demostrar la confiabilidad del NT: 1) en comparación con otros documentos antiguos, existe un número sin precedentes de manuscritos del NT; 2) éstos pueden fecharse en un período extraordinariamente cercano a los escritos originales; 3) las actuales versiones del NT están libres en un 99% de discrepancias textuales significativas, y el resto de las discrepancias no afecta ninguna enseñanza cristiana significativa.

¿Tienen los Evangelios fundamentos históricos?

El Evangelio de Lucas constituye un ejemplo paradigmático, pues tiene un fuerte acento histórico. El autor asegura escribir sobre acontecimientos que se remontan a los testigos oculares y afirma haber llevado a cabo diligentemente su propia investigación, a fin de preparar un relato ordenado (Lc 1,1-4). Ya desde el comienzo de su Evangelio, Lucas ubica cuidadosamente su relato en el contexto histórico: “En tiempos de Herodes, rey de Judea, había un sacerdote llamado Zacarías, de la clase sacerdotal de Abías. Su mujer, llamada Isabel, era descendiente de Aarón...” (Lc 1,5). “En aquella época apareció un decreto del emperador Augusto, ordenando que se realizara un censo en todo el mundo. Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria” (Lc 2,1-2). Cuando llega al comienzo de la vida pública de Cristo, este evangelista nos proporciona más referencias para su exacta datación: “El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene, bajo el pontificado de Anás y Caifás...” (Lc 3,1-2). Este tipo de detalles es característico de los historiadores serios cuando deseaban señalar acontecimientos importantes. Sitúa los hechos con exactitud en un entorno concreto y proporciona información comprobable.

La investigación arqueológica e histórica reciente ha confirmado en repetidas ocasiones que Lucas es un historiador riguroso[2]. En este sentido, el historiador británico A. N. Sherwin-White acota: “La confirmación de la historicidad de Hechos es abrumadora (…) Cualquier intento de rechazar su historicidad básica incluso en cuanto a los detalles debe verse como un absurdo”[3]. Este evangelista, autor de una cuarta parte del NT (con su Evangelio y sus Hechos de los Apóstoles), fue un cronista especialmente meticuloso en los mínimos detalles. Si tal fue su esmero en los pormenores, con más razón lo fue para registrar los hechos fundamentales.

2) Criterios de confiabilidad del NT[4]

Como Jesús no dejó ningún escrito propio, dependemos de los relatos de testigos para enterarnos de lo que él dijo e hizo. Pero ¿cómo podemos asegurarnos de que estos registros reflejan al auténtico Jesús? Veamos algunos de los criterios empleados por los biblistas para juzgar la autenticidad de un suceso.

a) Exactitud histórica

Se verifica cuando un suceso coincide con hechos conocidos de la época y el lugar. Existen diversos descubrimientos arqueológicos que confirmaron referencias de lugares y hechos narrados en el NT; se destaca en especial, como queda dicho, la exactitud y escrupulosidad del relato de Lucas. En este sentido, como buen historiador minucioso, escribe su prefacio (Lc 1,1-4) en griego clásico y solemne, como el empleado por los grandes historiadores griegos, para luego pasar a un griego común.

Veamos un ejemplo del procedimiento empleado por los eruditos para una correcta datación histórica: en Hechos 18,12 se lee que “…siendo Galión procónsul de Acaya, los judíos se levantaron de común acuerdo contra Pablo y lo llevaron al tribunal”. A principios del siglo XX se encontró una carta del emperador Claudio dirigida al procónsul Galión, fechada alrededor del año 52.

 

Fragmento de la carta del Emperador Claudio

dirigida al Procónsul Galión

 

Por consiguiente, los acontecimientos relatados en Hechos ocurrieron en algún momento durante ese período, y ciertos hechos pueden reconstruirse yendo de adelante hacia atrás. Teniendo en cuenta que el encuentro entre Pablo y Galión tuvo lugar aproximadamente un año después de su segundo viaje misionero, podemos deducir que el Concilio de Jerusalén, mencionado en Hechos 15,6-30 y celebrado antes del segundo viaje misionero, probablemente tuvo lugar alrededor del año 48 dC. Antes de que se reuniera este Concilio, Pablo había viajado a Jerusalén para aportar ayuda durante una hambruna (Hch 11,27-30). Empleando este método se correlacionan los relatos neotestamentarios y los hallazgos arqueológicos.

b) Fuentes independientes y tempranas

La Iglesia eligió sólo las fuentes más antiguas, más cercanas a Jesús y sus discípulos, para incluirlas en los escritos del NT.

Ante la objeción de que los sucesos narrados sucedieron hace dos mil años, debe aducirse que lo esencial es que la brecha entre los primeros textos y los eventos originales es mínima[5]: las fuentes principales de la vida de Jesús provienen aproximadamente del 37 dC, poco tiempo después de su crucifixión. Asimismo, Pablo transmite una tradición que, según las últimas investigaciones, fue originada sólo 5 años después de la muerte de Jesús (1 Cor 15,3s). Esta cercanía entre los sucesos y los reportes de éstos indica que muchos de los que habían visto y escuchado a Jesús todavía estaban vivos en la etapa de la redacción; por eso, se les podía interrogar acerca de lo que Jesús había dicho y hecho.

Asimismo, la transmisión de tradiciones verbales estaba altamente desarrollada en el pueblo judío y era sumamente confiable. Se trataba de una cultura esencialmente oral, capaz de memorizar y retener grandes cantidades de enseñanzas no transcriptas por escribas; como hijos de esta cultura, los discípulos tuvieron idéntico cuidado al comunicar los hechos y palabras de Jesús[6].

Por último, señalemos que, a pesar de que Jesús tuvo una breve vida pública, hay referencias a él en una variedad de fuentes no cristianas. Hay menciones de él en historiadores como el judío Flavio Josefo (†100) y los romanos Tácito (†120), Suetonio (70-140) y Plinio el Joven (†113); también lo citan el escritor satírico Luciano de Samosata (†181) y el filósofo Celso (durante el siglo II), ambos romanos.

c) Criterio de la certificación múltiple

Se aplica cuando un mismo dicho aparece en múltiples fuentes: Mateo, Lucas, Marcos, Pablo, la llamada fuente “Q”[7] o en múltiples formas (milagro, parábola, sermón). Al igual que con el “criterio de la disimilitud” (que veremos enseguida), este principio debe usarse sólo para validar afirmaciones de Jesús, no para rechazarlas. Sucede que, si un dicho se registra sólo una vez, no significa que el Señor no lo haya pronunciado en esa única ocasión.

Analizando estos diversos testimonios, los eruditos encuentran una recíproca armonía en los hechos esenciales de los relatos de los Evangelistas entre sí y con Pablo, y algunas divergencias en detalles incidentales. Estas características se ajustan a las normas de credibilidad para testigos en un proceso judicial. Son relatos con diversos matices de perspectivas, equidistantes tanto de la confabulación de un relato monocorde como de la falta total de consenso, típicas de invenciones particulares.

d) Criterio de la “vergüenza”

Se refiere a un hecho incómodo para la reputación de los apóstoles, del mensaje evangélico o del mismo Jesús. Existen varios ejemplos: el rechazo de la familia de Jesús acerca de su ministerio (Mc 3,21); las dudas de Juan el Bautista sobre el mesianismo de Jesús (Lc 7,20); la admisión de Jesús de su ignorancia respecto del momento de la Parusía (Mc 13,32); su permanente reproche a los discípulos por su falta de fe (Mt 8,26), la incomprensión de su mensaje (Mc 8,33) o sus disputas por el liderazgo (Mc 10, 38); la huida de los mismos en el Huerto de los Olivos (Mc 14,50); la negación de Pedro (Mt 26,69-75 y par); las mujeres como las primeras en llegar a la tumba y enterarse de que Jesús estaba vivo (Mt 28,1-10, Mc 16,1-8, Lc 24,1-11, Jn 20,1-14), aun cuando no eran consideradas testigos creíbles (por eso, los discípulos reaccionaron “...a ellos les pareció que deliraban y no les creyeron”, Lc 24,11); etc.

La única razón para que consten estos pasajes vergonzosos es que realmente ocurrieron. Imaginar a los primeros cristianos inventando escándalos para sí mismos, cuando ya tenían suficientes conflictos con la persecución romana, resulta insostenible. Su inclusión habla de la sinceridad de los redactores.

  La inclusión de episodios vergonzosos en los Evangelios no puede explicarse

sino por la fidelidad de los redactores respecto de los hechos históricos.

 

e) Criterio de la disimilitud

Se trata de una noción original de Jesús, diferente a las ideas judías previas y/o las ideas cristianas posteriores. Si un dicho de Jesús difiere tanto de las enseñanzas del judaísmo de su tiempo como de las de la Iglesia primitiva, hay buenas razones para pensar que realmente se remonta a él. Por ejemplo, según los Evangelios, “Hijo del Hombre” fue la autodenominación favorita de Jesús (Mc 2,28; 8,31; Mt 9,6; 10,23; 12,8; Lc 5,24; 12,40; Jn 5,27; 12,34, etc.). Este título es inusual en su sentido de ser sobrenatural (y no como sinónimo de hombre): apenas se encuentra en la tradición del judaísmo (con excepción de las visiones del libro de Daniel 7-8), y casi no fue asumida en el resto del NT o la literatura cristiana primitiva (salvo un par de menciones en el Apocalipsis).

La aplicación de este criterio asegura su autenticidad. Si los escritores sagrados no adoptaron esta denominación en el resto del NT ni lo hicieron los primeros Padres de la Iglesia, obviamente no fue la comunidad primitiva la que compuso esta expresión para ponerla en los labios de Jesús. La aplicación de este criterio debe complementarse con el resto; si fuese excluyente, Jesús quedaría falsamente reducido a un excéntrico, aislado en sus propias ideas, que no habría tenido influencia sobre sus seguidores.

f) Criterio de las “concordancias no planeadas”

Diversos autores han señalado concordancias no buscadas en varios episodios evangélicos; vale decir, hay entre estos textos referencias cruzadas, datos descritos de modo espontáneo, que esclarecen mutuamente ciertos “cabos sueltos” dejados por los otros relatos; tomadas en conjunto éstas componen otro fuerte argumento en favor de la veracidad de los textos neotestamentarios.

El detective James Warner Wallace (entre otros varios autores) señalaba en su “Cold-case Christianity” estas “coincidencias” o “concordancias no planeadas” como argumento de credibilidad de los Evangelios[8]. Hay dos casos especialmente significativos, entre muchos, citados por el apologista católico Karlo Broussard en un artículo[9]: la multiplicación de los panes y la curación de la suegra de Pedro

 

(1) La multiplicación de los panes:

En el Evangelio de Juan, Jesús pregunta a Felipe dónde comprar panes para alimentar a la multitud (Jn 6,5). ¿Por qué preguntarle a Felipe, habiendo apóstoles más relevantes como Pedro o Juan? Lucas sitúa este suceso en Betsaida (Lc 9,10-17). Según Juan 1,44, “era Felipe de Betsaida, la ciudad de Andrés y de Pedro”; por eso, es lógico que Jesús preguntara a Felipe dónde comprar el pan. Si bien también Andrés y Pedro eran de Betsaida, en el momento del milagro no vivían allí: Marcos refiere “la casa de Simón y Andrés” en Cafarnaúm (Mc 1,29). Así, aunque ambos eran naturales de Betsaida, vivieron en Cafarnaúm durante la vida pública de Jesús.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

(2) La curación de la suegra de Pedro:

Según este episodio Jesús entró en la casa de Pedro en Cafarnaúm y curó a la suegra de éste. Mateo (Mt 8,14-16) lo cuenta así: “Cuando Jesús llegó a la casa de Pedro, encontró a la suegra de este en cama con fiebre. Le tocó la mano y se le pasó la fiebre. Ella se levantó y se puso a servirlo. Al atardecer, le llevaron muchos endemoniados, y él, con su palabra, expulsó a los espíritus y curó a todos los que estaban enfermos”. La cuestión es: ¿por qué la gente espera hasta el atardecer para llevar a Jesús a los poseídos y a los enfermos, y no lo hicieron inmediatamente? La respuesta se encuentra en el relato sinóptico de Marcos (Mc 1,29-34). Antes de curar a la suegra de Pedro, Jesús entró en una sinagoga para enseñar pues era Sábado. La gente esperó al atardecer, pues era el final de este día sagrado, durante el cual estaba prohibido trabajar. Por eso, los moradores de Cafarnaúm esperaron a la finalización de esa jornada para pedir aquellas primeras curaciones.

Individualmente consideradas, las coincidencias no planeadas no tendrían por qué ser totalmente convincentes para un escéptico”, concluye Broussard, pero vistas en conjunto constituyen un poderoso argumento acumulativo. Es decir, “resulta más fuerte cuando las coincidencias se toman en su conjunto”. Tal como señala otro apologista y biólogo, Jonathan McLatchie, refiriéndose a estas coincidencias no planeadas: “La picadura de un mosquito normal no te mata, pero la picadura de mil mosquitos, sí”[10].

g) Semitismos

Esporádicamente, aparecen términos hebreos o arameos insertados en el texto griego del NT. El redactor quiso conservarlos en su forma original en su celo por mantener la fuerza de una locución propia de Jesús. Por ejemplo, Marcos rescata varios dichos en arameo: “…la tomó de la mano y le dijo: «Talitá kum», que significa: “¡Niña, yo te lo ordeno, levántate!” (Mc 5,41); “…después, levantando los ojos al cielo, suspiró y dijo: «Efatá», que significa: «Ábrete»” (Mc 7,34). La expresión más famosa es “Abbá” (“papito”), recogida por Marcos (y un par de veces por Pablo): “…¡Abbá, Padre!; todo es posible para ti; aparta de mí esta copa; pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieras tú…” (Mc 14,36).

h) Preocupación por la integridad de la fe

El NT muestra una generalizada preocupación por preservar las verdades fundamentales acerca de Jesús. Él mismo advierte acerca de ciertos “falsos profetas” (Mt 7,15). Juan repite esta prevención a los miembros de su comunidad, a fin de que no crean “a cualquiera que se considere inspirado”, pues “han aparecido en el mundo muchos falsos profetas” (1 Jn 4,1). De un modo similar, Pedro señala: “habrá entre ustedes falsos maestros que introducirán solapadamente desviaciones perniciosas” (2 Pe 2,1). La Carta de Judas exhorta igualmente a los cristianos en general a “combatir por la fe, que de una vez para siempre ha sido transmitida a los santos” (Jud 3), pues se han infiltrado ciertas personas que “reniegan de nuestro único Dueño y Señor Jesucristo” (Jud 4).

Pablo constituye el más elocuente ejemplo, al expresar su desvelo por la pureza de su Evangelio en su Carta a los Gálatas. Aunque él había estado predicando la palabra desde hacía catorce años, fue a Jerusalén para verificar que su Evangelio era exactamente el mismo que el del resto de los apóstoles, aquellos que habían conocido a Jesús en la carne, a fin de asegurarse de “no haber corrido en vano” (Gal 2,2). Luego de esta visita, concluyó que “ellos no agregaron nada a mi mensaje” (v. 6), lo cual es una confirmación independiente de que su predicación fue, desde el principio, el mismo Evangelio que el de los apóstoles.

3) Transmisión de los escritos originales del NT

En la indagación de los textos bíblicos originales, surge la cuestión de si los libros del NT pudieron haber sido reproducidos con múltiples errores por los sucesivos copistas. ¿Acaso la Biblia no ha sido copiada, traducida y retraducida una gran cantidad de veces? Así pues, se supone, la redacción original debió haberse perdido hace mucho tiempo…

a) La crítica textual del NT

La “crítica textual” es el estudio de las copias de un documento escrito cuyo original es desconocido o se ha perdido, a fin de determinar su redacción exacta. Esto es especialmente necesario para la literatura que se escribió antes de la invención de la imprenta, pues una reproducción consecutiva de cualquier texto original estaba inevitablemente sujeta a errores.

A este respecto, son interesantes los experimentos del profesor de Nuevo Testamento Daniel Wallace con sus alumnos sobre una prueba de copiado[11]: durante los últimos treinta años, Wallace ha impartido seminarios bíblicos en universidades, pretendiendo demostrar de manera práctica que la crítica textual puede ser muy eficiente en la reconstrucción de un texto perdido. Wallace plantea una dinámica en que un número de participantes hace de “escribas” que redactan copias consecutivas a partir de un texto antiguo, cometiendo errores, algunos de manera deliberada. En este proceso de repetición, los sucesivos manuscritos terminan siendo significativamente más corrompidos que las verdaderas copias manuscritas del Nuevo Testamento. Asimismo, los documentos “más antiguos” fueron destruidos o se han extraviado y en la cadena hay muchas interrupciones. A la mañana siguiente, el resto de los participantes del seminario se pone a trabajar como críticos textuales, sin disponer de todos los manuscritos. Tras unas dos horas de trabajo, presentan el texto original que han conseguido reconstruir. Sorprendentemente, aun con dudas, la idea esencial casi no ha cambiado. Acto seguido, Wallace enseña al grupo el texto original y todos comparan los dos textos, línea por línea, palabra por palabra. “En total, he impartido este taller más de cincuenta veces en iglesias, universidades, y seminarios, y nunca hemos realizado una reconstrucción del texto original en que hayamos errado en más de tres palabras. De hecho, sólo una vez hemos fallado tres palabras. Muchas veces, el grupo ha restablecido la redacción original palabra por palabra, y el mensaje esencial del original queda siempre intacto. ¡En ocasiones, al terminar, los participantes prorrumpen en un espontáneo aplauso!”.

La lección es que “si un grupo de personas que no sabe nada de crítica textual es capaz de reconstruir un texto que se ha corrompido en grado sumo, ¿no es acaso probable que aquellos que han sido formados en la Crítica textual puedan hacer lo mismo con el Nuevo Testamento?”.

Resumiendo la situación, Sir Frederic Kenyon, antiguo director del Museo Británico y una de las principales autoridades en lo referente a manuscritos antiguos, escribió: “El número de manuscritos del Nuevo Testamento, de traducciones tempranas, y de citas en los primeros textos cristianos es tan grande que es prácticamente seguro que la versión original de cada pasaje dudoso se conserve en alguna de esas autoridades antiguas. No puede decirse lo mismo de ningún otro libro antiguo del mundo”[12]. El profesor Bruce Metzger, uno de los expertos mundiales más eminentes en el Nuevo Testamento ratificó que “podemos tener una gran confianza en la fidelidad con la que nos ha llegado este material, especialmente cuando lo comparamos con cualquier otra obra literaria antigua”[13].

Por su parte, John Lennox, en su libro “Disparando contra Dios” recoge numerosos argumentos de los eruditos acerca de cuán confiables son los libros neotestamentarios[14]. En contraste, la obra clásica con mayor soporte documental es La Ilíada de Homero (redactada en la segunda mitad del siglo VIII aC): de esta obra se conservan 643 manuscritos del siglo II dC y posteriores. Así pues, en este caso, el lapso transcurrido entre los textos originales y las copias más antiguas es de unos 1.000 años.

Así pues, resulta evidente que el NT es, con mucho, el documento mejor certificado del mundo antiguo. Asimismo, los manuscritos neotestamentarios están más cerca del original y son más abundantes que prácticamente cualquier otra literatura antigua. Las fuentes extrabíblicas (unas 40) corroboran que un gran número de personas creía que Jesús había obrado milagros, que era el Mesías, que había sido crucificado, que había resucitado y era adorado como Dios por sus seguidores.

Volviendo al tema de la crítica textual, ¿por qué aplicar ésta al NT si es tan confiable la documentación que tenemos? Son dos las razones: 1) los manuscritos originales (conocidos como “autógrafos”, esto es, escritos de puño y letra del redactor) ya no existen, y 2) no hay dos copias que concuerden por completo entre sí.

Remarquemos que existe una enorme cantidad de transcripciones tempranas. Se han catalogado casi 6.000 manuscritos parciales o completos del NT en el griego original; además, existen más de 9.000 manuscritos, que son traducciones tempranas al latín, siríaco, copto, árabe, y otras lenguas. Finalmente, los Padres de la Iglesia primitiva (pastores y teólogos cristianos, muchos de ellos santos, que escribieron entre los siglos II y IV dC), consignan casi 40.000 citas del NT. Por tanto, si perdiésemos todos los manuscritos del NT podríamos reconstruirlo en su totalidad a partir de esas citas (a excepción de apenas 11 versículos).

El fragmento más antiguo que se conserva es el “Papiro 52” o “Papiro Rylands” (llamado así por pertenecer a la Biblioteca John Rylands de la Universidad de Manchester). Éste transcribe cinco versículos del capítulo 18 del Evangelio de Juan y data de la primera mitad del siglo II. El “Papiro 2”, de alrededor del año 200, contiene porciones importantes de ocho cartas de Pablo y partes de la Carta a los Hebreos. Los Papiros Bodmer (22 papiros descubiertos en Egipto en 1952) también datan aproximadamente de esa época; uno de ellos (el “Papiro 66”) contiene unos dos tercios del Evangelio de Juan. Existe, además, un papiro del siglo III que contiene partes de Lucas y Juan. Los manuscritos más importantes en cuanto a su extensión son quizás los Papiros Chester Beatty, que proceden del siglo III y contienen partes de los cuatro Evangelios y Hechos. Los manuscritos más antiguos que contienen todos los libros del NT fueron copiados alrededor de los años 325-350. Los más importantes son el Codex Vaticanus y el Codex Sinaiticus, que pertenecen al tipo de manuscritos de “caligrafía uncial”, es decir, redactados en letras mayúsculas griegas.

 

Acerca de los métodos para datar un manuscrito: se aplica principalmente la paleografía (ciencia que estudia la escritura y su evolución), que tiene en cuenta el lugar del hallazgo, el contexto histórico, la caligrafía, el estilo y hasta la composición de la tinta y el soporte de escritura, a fin de rastrear el período probable de la redacción. Su precisión puede alcanzar en algunos casos el rango de algunas décadas. El método del carbono 14 es menos usado; aunque combinado con la paleografía aumenta la exactitud de la datación, exige la destrucción parcial del manuscrito. Su margen de exactitud es de unos 100 años.

Todo este corpus de manuscritos antiguos del NT se ordena en tres categorías: a) manuscritos griegos; b) traducciones del NT a otros idiomas (versiones) y c) citas del NT en las escrituras de los Padres de la Iglesia.

a) Tipo de documentos

(1) Manuscritos griegos

Son los principales documentos utilizados para determinar la redacción del NT. Se dividen en: papiros, unciales (escritos en letras mayúsculas), textos en minúsculas y Leccionarios. Los manuscritos del NT se transcribieron principalmente en vitelas (elaboradas específicamente de piel de becerro) y en pergaminos en general (producidas de una variedad de pieles de animal). Vimos que se conservan algunos papiros, aunque éstos son más tempranos y raros, a causa de la fragilidad de su material (una fibra vegetal similar al papel). A enero de 2006, la composición de manuscritos griegos del NT era: 118 papiros; 317 unciales; 2.877 en minúsculas y 2.433 Leccionarios, totalizando 5.745 manuscritos.

(2) Versiones

El segundo tipo de texto más importante para reconstruir los originales del NT son las versiones, es decir, traducciones del original. El valor de una versión depende de su fecha, técnica empleada, cuidado de la traducción y calidad del texto que se traduce. Los idiomas más frecuentes son el latín, el copto y el siríaco. Hay aproximadamente el doble de manuscritos latinos del NT que de griegos (más de diez mil).

(3) Los Padres de la Iglesia

Ya hemos dicho que las citas de estos autores son tan extensas que, si todas las otras fuentes para reconstruir el NT fueran destruidas, aquéllas serían suficientes por sí solas para su recuperación prácticamente total.

Algunos Padres citaban de memoria o usaban diferentes manuscritos bíblicos. Sin embargo, para la gran mayoría de las variantes textuales, hay formas de determinar con mucha certeza qué forma del texto del NT citaba un Padre en particular.

b) Errores en el proceso de copia

Es prácticamente imposible copiar a mano un documento largo sin cometer algún error. Entonces, si los originales ya no existen y sólo disponemos de esta multitud de copias y versiones, ¿cómo puede determinarse fielmente la redacción de los textos originales?

El recurso habitual en caso de discrepancias entre diferentes manuscritos es recurrir tanto a las evidencias internas como externas, a fin de distinguir cuán confiable es una variante, esto es, cuán bien refleja la redacción original. La evidencia externa abarca, entre otros factores, la fecha, la “genealogía” inmediata de los anteriores manuscritos y el estilo practicado en una zona particular; la evidencia interna incluye el estilo del redactor original, la meticulosidad y hábitos de los escribas, etc.

Además de los obvios errores ortográficos, que son los más abundantes, más del 99% de los problemas restantes se resuelve al comparar la evidencia externa e interna. En contadas ocasiones, la evidencia externa e interna parecen apuntar en direcciones opuestas. Estos enigmas colman las revistas especializadas de exégesis bíblica. Con todo, veremos que ninguna enseñanza significativa está comprometida en estos casos. Ni siquiera el escéptico Bart Ehrman en su crítica obra “Misquoting Jesus” es capaz de marcar diferencias que cambien la interpretación o la teología de los Evangelios.

Aunque existen errores de copiado en la mayoría de los manuscritos, el siguiente copista no suele reproducirlos; es decir, no hay dos copias sucesivas que contengan las mismas faltas. Comparándolos entre sí, es posible reconstruir el texto original.

-o-

 

De todos los manuscritos que hoy poseemos, ¿cuántos poseen “pedigrí” suficiente como para reflejar con razonable certeza la redacción original? Para responder esto, veamos los tipos de discrepancias entre ellos[15]:

  • diferencias de ortografía y errores sin sentido;

  • diferencias menores que no afectan la traducción o que involucran sinónimos;

  • diferencias que afectan el significado del texto, pero que no reflejarían el original (“no viables”);

  • diferencias que afectan el significado del texto y que reflejarían el original (“viables”).

(1) Diferencias ortográficas y errores sin sentido

De los cientos de miles de variantes textuales, la gran mayoría son diferencias ortográficas que no tienen impacto en el significado del texto. Por ejemplo, los diversos modos de deletrear un nombre en griego o errores ortográficos por fatiga del escriba. Además, el siguiente escriba casi nunca repite estas faltas.

Vemos un caso típico en un manuscrito temprano, el “Codex Washingtonianus”: un copista escribió la conjunción “y” cuando debería haber escrito el sustantivo “Señor”. En griego, las dos palabras se ven algo similares (kai y kyrios), propiciando así el lapsus mental. Pero usar el “y” no tiene sentido en ese contexto. En tales casos, el error de redacción que el escriba cometió es fácil de corregir.

(2) Diferencias que no afectan la traducción o que implican sinónimos

Éstas tampoco alteran la forma en que se traduce el texto. Por ejemplo, en griego a veces usa el artículo definido con nombres propios; se verifican este tipo de variantes en diversos manuscritos: “María” o “la María”, “Jesús” o “el Jesús”, “Pablo” o “el Pablo”.

Otra variante es la transposición. El significado de una oración en griego depende más de la inflexión de las palabras que de su orden: “Pablo ama a Dios”, “ama a Dios Pablo”, “a Dios ama Pablo”. Mientras “Dios” esté en nominativo y “Pablo” en acusativo, todas las oraciones anteriores significan “Dios ama a Pablo”. La diferencia en el orden de las palabras indica énfasis, pero no afecta su significado básico.

En el encuentro de Jesús con la mujer en el pozo en Samaria (Jn 4,7s.), después de un breve diálogo, Jesús instruye a la mujer: “Ve, llama a tu marido y ven aquí” (v. 16); la mujer responde: “No tengo marido” (v. 17). A esto, Jesús replica textualmente: “Correctamente has dicho: ´Un marido no tengo'” (v. 17). Jesús ha citado las palabras de la mujer, pero ha invertido el orden. Sin embargo, en unos pocos antiguos manuscritos los escribas no cambian el orden de las palabras de Jesús sino las de la mujer, para crear una lectura más fluida.

También están las variantes que involucran sinónimos. La traducción puede verse afectada por estas variantes, pero no su significado. He aquí un caso: los Leccionarios, que contribuyeron en gran medida a la expansión del NT, contenían la lectura bíblica de cada día. Estos textos no podían comenzar, por ejemplo, con “…cuando estaba enseñando a orillas del mar”, pues no constaba el sujeto de la oración. Por eso, los redactores de los Leccionarios agregaron estos sujetos para situar el pasaje en su contexto. Los escribas, que conocían bien las Escrituras por el uso constante de los Leccionarios, a menudo importaban al texto bíblico las palabras insertadas en estas obras. Por ejemplo, en Marcos, durante 89 versículos (Mc 6,31-8,26), Jesús nunca se identifica por su nombre o título, sino sólo con pronombres. Por la influencia de los Leccionarios, la mayoría de los manuscritos agregan “Jesús”. Esto, por cierto, no afecta el significado del texto.

(3) Variantes significativas que no reflejarían el original (“no viables”)

Son variantes halladas en uno o más manuscritos que tienen poca probabilidad de reflejar la redacción del texto original. Es en este sentido en que se cataloga a estas versiones como “no viables”; el calificativo no implica que éstas alteren el significado del mensaje inicial. De hecho, no se ha encontrado ninguna que lo haga.

Por ejemplo, en 1 Tes 2,9, en lugar de “el evangelio de Dios” (que se encuentra en casi todos los manuscritos), una copia medieval tardía transcribe “el evangelio de Cristo”. Es una variante significativa, pero no reproduciría el original: es improbable que un texto tardío reproduzca la redacción inicial. (Siguiendo estas investigaciones, las versiones modernas de la Biblia traducen “el evangelio de Dios”).

En Mateo, Jesús está comiendo con publicanos y pecadores; unos fariseos les preguntan a sus discípulos “¿Por qué tu maestro come con recaudadores de impuestos y pecadores?” (Mt 9,11). Un puñado de manuscritos griegos y algunas versiones tempranas agregan “y bebe” después de “come” para armonizar con el texto sinóptico de Lc 5,30. Tampoco en este caso, se ve afectado en absoluto el sentido del texto.

(4) Variantes significativas y que reflejarían el original (“viables”)

La categoría final, y, con mucho, la más reducida, consiste en variantes que son significativas y que reflejarían el original perdido; esto es, una variante que cambiaría hasta cierto punto el significado del texto. Sólo alrededor del 1% de todas las variantes textuales se ajustan a esta categoría.

Por ejemplo, analizando las diversas variantes de manuscritos, no está claro si en Romanos 5,1 Pablo dice “tenemos (ἔχομεν) paz” o “tengamos (ἔχωμεν) paz”. La diferencia entre el indicativo y el subjuntivo es una sola letra (ómicron u omega). Sin embargo, fuese cual fuese la redacción original, no se ve alterada la enseñanza paulina. Un caso análogo tenemos en 1 Jn 1,4: “Así escribimos estas cosas para que nuestro (ἡμῶν) gozo sea completo” o “...para que tu (ὑμῶν) gozo sea completo”. Más allá de cuál fuese la variante que respondería al original, el punto obvio de este versículo es que el mensaje de esta Carta trae gozo.

En el Evangelio de Juan, Jesús está hablando con sus discípulos la noche antes de ser crucificado. En el versículo 17 él les dice acerca del Espíritu Santo: “…Ustedes, en cambio, lo conocen, porque él permanece con ustedes y estará en ustedes” (Jn 14,17). En lugar de “estará”, algunos manuscritos tempranos y bastante confiables tienen “está”. Cuando uno considera lo que el autor habría escrito, el futuro es mucho más probable, pues el contexto inmediato es 14,16 (“Él les dará otro Paráclito”). Asimismo, el capítulo como un todo apunta al futuro, y el mismo Evangelio de Juan en general considera el advenimiento del Espíritu como un evento decididamente futuro.

En Mateo, muchos manuscritos registran que Jesús habla de su propia ignorancia profética (“…en cuanto a ese día y hora nadie lo sabe, ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, excepto el Padre”, Mt 24,36), pero muchos otros carecen de las palabras “ni el Hijo”. Se discute si este “ni el Hijo” es auténtico o no, pero este debate no se extiende al paralelo en Mc 13,32 (“…en cuanto a ese día u hora nadie lo sabe -ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, excepto el Padre”). Por lo tanto, no puede haber ninguna duda de que Jesús habló de su propia ignorancia profética[16].

La llamada “Comma Johanneum” (“coma joánica”) es un pasaje de la 1ª Carta de Juan en antiguas versiones de las Biblias, que ha sido eliminada en las traducciones modernas: “Porque tres son los que dan testimonio en el cielo, el Padre, la Palabra y el Espíritu Santo; y estos tres son uno” (1 Jn 5,7). Este versículo fue agregado a una edición temprana del NT griego, publicado en 1522; no se encontró en ningún manuscrito griego anterior al siglo XV[17].

La variante textual más importante en el NT implica una docena de versículos: se trata del último capítulo del Evangelio de Marcos. Los manuscritos más antiguos y mejores terminan el libro en 16,8:Ellas salieron corriendo del sepulcro, porque estaban temblando y fuera de sí. Y no dijeron nada a nadie, porque tenían miedo”: se trata de un final notablemente abrupto para un Evangelio. La mayoría de los manuscritos posteriores incluye doce versículos adicionales (Mc 16,9-20); existe un consenso en que se trata de un agregado que no figuraría en el original. Los eruditos han debatido si Marcos tenía la intención de concluir su Evangelio en este momento o si su final real se perdió. De todos modos, esta inclusión no afecta el mensaje esencial, pues el descubrimiento del sepulcro vacío anuncia inequívocamente (como en el resto de los Evangelios) la resurrección de Jesús.

4) Fidelidad respecto del texto original

Existe el mito popular de que, a medida que pasa el tiempo, nos alejamos más del texto original del NT. Por caso, según esta hipótesis, la conocida versión protestante de la Biblia de 1611 llamada “King James” estaría más cerca del texto original que las traducciones modernas.

No obstante, el texto griego detrás de esta versión se basó esencialmente en aproximadamente media docena de manuscritos, ninguno anterior al siglo X. Las versiones actuales no consisten en una mera actualización a un lenguaje moderno. Aunque todavía tenemos casi todos los manuscritos que se usaron para producir aquella versión del siglo XVII, estas traducciones modernas se basan en textos significativamente anteriores y más numerosos: se trata de miles de manuscritos, principalmente de los siglos IV y V, aunque algunos se remontan al siglo II. Además de los manuscritos griegos del NT, hay disponibles versiones latinas, coptas, siríacas, armenias, góticas, georgianas y árabes, entre otras varias.

Se conocen cerca de 5.700 manuscritos completos o parciales del NT, y continuamente se descubren más. En comparación, de las obras clásicas suelen conservarse, en promedio, en una veintena de manuscritos.

Tradición oral y una cultura de memorización

Existen ciertos estudiosos marginales que argumentan que los discípulos simplemente olvidaron los sucesos originales (como John Dominic Crossan) o que su fe dominó sus recuerdos (como el “Seminario de Jesús”). Ante estas objeciones, debe replicarse que:

1) Estos recuerdos no eran individuales sino colectivos, y confirmados por otros testigos oculares: la verificación por parte de éstos sirvió para garantizar la precisión de los apóstoles.

2) Otra deficiencia de este enfoque es que, aun cuando particularidades como el tiempo y el lugar de los milagros o los dichos de Jesús pudieran eventualmente haberse traspuesto en las mentes de los discípulos, esto no los habría llevado, por ejemplo, a cambiar un no milagro en milagro. Por eso, esta diferencia de detalle en ciertos recuerdos supuestamente errados no conduciría, de suyo, a glorificar a un hombre.

 

En el mundo moderno, los recuerdos han sido “descargados” en libros impresos y, más recientemente, en Internet. Así, se ha producido una suerte de “destronamiento de la memoria”[18], que, con frecuencia, nos lleva a sospechar de la fidelidad de las tradiciones que sólo tuvieron un soporte oral en sus inicios.

Asimismo, Jesús presentó gran parte de su enseñanza en forma poética: aliteración (repetición de los mismos sonidos o letras); paronomasia (juegos de palabras); asonancia (sonidos semejantes); paralelismos y rimas. Por último, algunos discípulos pudieron haber tomado notas durante la vida pública de su maestro. En síntesis: la cultura judía estaba conformada adecuadamente para preservar y transmitir las palabras y obras de Jesús.

Conclusión

Los Evangelios fueron escritos algunas décadas después de que Jesús vivió. A partir de este hecho, varios escépticos especulan que, durante estas décadas de “silencio”, los cristianos estaban fomentando una “conspiración”.

Pensar en categorías de retraso es asumir que la escritura de los Evangelios estuvo en la mente de estos autores desde el principio. En realidad, la prioridad de los apóstoles fue la perentoria proclamación del Evangelio, comenzando desde Jerusalén y hacia Judea, Galilea y Samaria. Con la conversión de Pablo, la Buena Nueva llegó a otras regiones del Mediterráneo. La notable velocidad con que se conocieron estos sucesos acerca de la resurrección de Jesús a través de todo el Imperio Romano es testimonio del éxito de los discípulos en su tarea de transmisión oral del mensaje.

Cuando los primeros discípulos comenzaron a morir, se comprendió que el regreso del Señor no sucedería dentro de las primeras décadas de la existencia de la Iglesia. Así, tanto la desaparición creciente de testigos presenciales del Jesús histórico como la dilación de la Parusía fueron los dos factores principales que movieron a los redactores sagrados a comenzar a poner por escrito los Evangelios.

El Evangelio de Marcos (el primero de los cuatro) fue probablemente escrito, a más tardar, entre los años 60 o 70. Pero incluso en esta fecha límite todavía habrían sobrevivido una variedad de testigos oculares para confirmar la verdad de lo que escribió.

Asimismo, el intervalo entre Jesús y los Evangelios escritos no fue inactivo. Los apóstoles y otros testigos oculares proclamaron la Buena Nueva cientos (quizás miles) de veces, antes de que apareciera publicado el primer Evangelio. La cultura judía del primer siglo era memorizadora. Por eso, “lo que hoy enfrentamos en los Evangelios no es la capa superior (última edición) de una serie de capas cada vez más impenetrables, sino la tradición viva de la celebración cristiana, que nos lleva con sorprendente inmediatez al corazón de los primeros recuerdos de Jesús”[19].

Según la exégesis racionalista que comenzó en el siglo XVIII y que tuvo su coronación con Rudolf Bultmann (†1976)[20], los Evangelios fueron un “mosaico de invenciones” de la comunidad. El Seminario de Jesús, más recientemente, afirma que “la búsqueda del Jesús auténtico es una búsqueda del Jesús olvidado”[21].

No obstante, es difícil concebir que los apóstoles pudieran haber olvidado al verdadero Jesús y permitido que una versión irreal de él se impusiera sobre sus recuerdos. Además, ellos no fueron los únicos testigos de su maestro. Cientos de otros seguidores lo conocían bien, habían visto sus milagros y habían escuchado sus mensajes públicamente. Y, una vez que el mensaje cristiano se extendió más allá de Jerusalén, los apóstoles, en el improbable caso de hubiesen querido alterarlo, ya no estaban en posición de poder hacerlo.

En suma: la fe se extendió de inmediato y los relatos sobre las palabras y obras de Jesús fueron transmitidas numerosas veces por testigos oculares fidedignos, en el contexto de una cultura oral. Esos testimonios nos llegan hasta nuestros días en versiones confiables del NT, según ya referimos al ver los criterios de autenticidad empleados hoy por los eruditos.

 

[1] Komoszewski, J., Sawyer, M. y Wallace, D., Reinventing Jesus. How contemporary skeptics miss the real Jesus and mislead popular culture, Missouri, 2006, Caps. 1 a 11.

[2] Ver ejemplos en Lennox, J., Op. Cit., p. 192s.

[3] Cit. en Lennox., J., Op. Cit., p. 193.

[4] Komoszewski, J., Sawyer, M. y Wallace, D., Op. Cit., Cap. III.

[5] Cf. Craig, W., Op. Cit., pos 66%.

[6] Id.

[7] Se trata de una hipotética colección de dichos de Jesús que sería la fuente (del alemán “Quelle”) del material común en los Evangelios de Mateo y de Lucas.

[8] Warner Wallace, J., Cold-case Christianity. A homicide detective investigates the claim of the Gospels, Colorado, 2018, p. 173s.

[9] https://www.catholic.com/magazine/online-edition/uncanny-bible-coincidences.

[10] https://crossexamined.org/undesigned-scriptural-coincidences-the-ring-of-truth.

[11] Strobel, L., Op. Cit., p. 76-77.

[12] Cit. en Lennox, Op. Cit., p. 190.

[13] Id.

[14] Ibid., p. 187s.

[15] Komoszewski, J., Sawyer, M. y Wallace, D., Op. Cit., p. 53s.

[16] Bart Ehrman, al criticar este pasaje, no menciona el pasaje paralelo marcano ni que la idea de la ignorancia del Hijo se ve implícitamente en la frase final del versículo 36: “excepto el Padre”.

[17] Esto no significa, claro está, que no existan pruebas de la Trinidad en el NT; estos otros pasajes llevaron al Concilio de Constantinopla a proclamar su dogma en 381.

[18] Gerhardsson, B., Memory and Manuscript, Michigan, 1998, p. 123.

[19] Dunn, J., Jesus Remembered, Cambridge, 2003, p. 254s.

[20] Ver más adelante en la presente obra III, d, 1.

[21] Funk, R. y Hoover, R., The Jesus Seminar, “The Five Gospels: The Search for the Authentic Words of Jesus”, Oregon, 1993, p. 4.

5) Criterios para la selección de los documentos del NT: La cuestión del Canon[1]

a) El surgimiento y el establecimiento del Canon

Canon” proviene de la palabra griega κανών, que significa “regla” o “estándar”. Aplicado al NT, consiste en la colección de libros autoritativos[2] (adjetivo muy diferente a “autorizados”) que lo compone.

Debemos aclarar primeramente que, al tratar de la formación y composición del Canon, examinaremos criterios principalmente históricos y exegéticos. Son argumentos que pueden ser sopesados por no creyentes que demandan explicaciones razonables. Sin embargo, los cristianos no pueden olvidar que su fe les indica que la razón última por la que estos libros fueron incluidos en el Canon es que éstos, y sólo éstos, fueron inspirados por Dios[3].

Ahora bien, ¿cómo decidió la Iglesia primitiva qué era Sagrada Escritura y qué no? En particular, ¿cómo sabemos que nuestros cuatro Evangelios fueron correctamente incluidos en la Biblia en lugar de, digamos, el Evangelio de Tomás o alguna otra obra considerada “apócrifa”?

A fines del siglo IV la Iglesia había admitido ya como Canon del NT sus 27 libros. Se usaron conjuntamente cuatro criterios clave para evaluar su inclusión: apostolicidad; ortodoxia; antigüedad; catolicidad: 1) ¿Fue un libro escrito por un apóstol o un colaborador (apostolicidad)? 2) ¿Se ajustaba a las enseñanzas de otros libros conocidos de los apóstoles (ortodoxia)? 3) ¿Fue aceptado tempranamente por las comunidades (antigüedad)? 4) ¿Fue aceptado por la mayoría de las Iglesias (catolicidad)?

Inicialmente, las comunidades carecían de un Canon. Antes del siglo II, ni siquiera se podían reunir los textos sagrados en un solo volumen. Sólo cabía uno de los Evangelios en el rollo más grande que podía elaborarse. Ya en el siglo II circulaban entre todas las comunidades cristianas primitivas varias colecciones de libros, como las Cartas de Pablo y los Evangelios, aunque no se había elaborado aún una lista formal.

El “Canon de Muratori” fue la primera nómina oficial encontrada. Fue compuesto hacia finales del siglo II, probablemente en Roma; no sólo cita una lista de libros “canónicos” sino que también evalúa la canonicidad de una serie de obras. La enumeración de textos canónicos que son aceptados mayoritariamente por las diversas Iglesias incluye a los cuatro Evangelios, los Hechos de los apóstoles, las trece Cartas de Pablo, la Carta de Judas, el Apocalipsis y las Cartas 1 a 3 de Juan. Así, al menos 21 libros figuran como autoritativos antes del final del siglo II.

Junto con esta catolicidad, la antigüedad de un libro fue un factor determinante para considerar su canonicidad[4]. Tenemos el caso de “El Pastor de Hermas”, un libro escrito después de la época de los apóstoles, que, aunque fue calificado por Muratori como “edificante”, no fue incluido en este Canon por ser reciente.

Juntamente con la catolicidad y antigüedad, la apostolicidad fue otro elemento decisivo. La autoridad de los apóstoles era universalmente reconocida. Los Padres Apostólicos (escritores del siglo II que habían conocido a los apóstoles y propagaban su enseñanza) concedían una diferencia cualitativa entre la autoridad de los apóstoles y la de ellos mismos. Por ejemplo, San Ignacio, obispo de Antioquía, afirmaba en su Carta a los Magnesios que había que fundamentar la fe en la doctrina de Jesús y los apóstoles. No obstante, veremos a continuación que nunca se consideró éste un criterio aislado o excluyente.

Por último, junto con los tres factores ya enunciados, se consideró el criterio de la ortodoxia. Éste fue otro rasgo capital si se considera que los Evangelios originalmente fueron obras anónimas.

Vittorio Messori en su libro “Dicen que ha resucitado”, al que remitiremos frecuentemente en los siguientes apartados, señala[5] que la tradición no asignó la redacción de los Evangelios a discípulos especialmente relevantes: 1) Mateo era un apóstol más. Al narrar su llamada para seguir a Jesús, Mateo habla en tercera persona, sin especificar que se trata de él mismo (9,9); 2) Marcos era un discípulo desconocido, probablemente secretarlo de Pedro, pero también aquí se renunció a la tentación (ante la cual los apócrifos cedieron) de atribuirlo a Pedro, para otorgarle mayor autoridad; 3) Lucas, casi con seguridad, no fue testigo de los hechos que narra y para reconstruirlos, como declara al comienzo de su Evangelio, tuvo que investigar “todo con exactitud desde los orígenes”; 4) Juan fue un apóstol, pero la atribución de su autoría es muy discreta y velada. Incluso hay eruditos que discuten si este “discípulo amado” es verdaderamente Juan. En todo caso, la atención no se centra sobre este testigo, sino sobre la persona anunciada y revelada por él.

Los títulos de los Evangelios se atribuyeron muy tempranamente y se emplearon sin disputas desde entonces: dos de éstos provenían de apóstoles (Mateo y Juan), uno de Lucas, compañero cercano de Pablo y el restante de Marcos, discípulo de Pedro. Los primeros cristianos no intentaron atribuir autoría apostólica a los Evangelios de Marcos y de Lucas, a pesar de que esto les habría otorgado un indiscutible prestigio.

El testimonio más antiguo sobre la autoría del Evangelio de Marcos es de Papías, obispo de Hierápolis hasta 130: “El Anciano (¿se trata de Juan?) solía decir esto: “Marcos, habiéndose convertido en el intérprete de Pedro, escribió con precisión todo lo que recordaba, aunque no en orden, sobre las cosas dichas o hechas por Cristo (…) Su única preocupación fue no omitir nada de lo que escuchó”[6].

Ahora bien, si los primeros cristianos pretendían atribuir la autoría apostólica a sus libros sagrados, ¿por qué no lo hicieron para este Evangelio? El testimonio antiguo siempre hace una distinción entre Marcos como el autor y Pedro como la fuente de información. El tratamiento del Evangelio de Marcos en la Iglesia antigua testimonia que los primeros cristianos tomaron en serio la cuestión de la autoría. El hecho de que Marcos obtuviera su Evangelio de Pedro, pero que no fuera llamado “Evangelio de Pedro”, le otorgaba un sello de autenticidad.

Muchos eruditos niegan que el Evangelio de Mateo haya sido escrito por Mateo, porque creen que los Padres de la Iglesia querían adscribir la autoría apostólica al Evangelio. Sin embargo, los mismos Padres no ceden a esa tentación con Marcos. Además, Mateo recibió un testimonio unánime en la Iglesia primitiva en cuanto a su autoría, a pesar de que originalmente también era una obra anónima.

Bruce Metzger señala que, aunque la extensión exacta del canon del NT permaneció sin resolver durante mucho tiempo, se alcanzó en los primeros dos siglos en el mundo conocido un alto grado de unanimidad respecto de la mayor parte del NT[7]. Los cuatro Evangelios y las trece cartas de Pablo estuvieron casi siempre en las listas, así como en el libro de los Hechos de los Apóstoles. También 1 Pedro y 1 Juan generalmente estaban incluidos. En el Este, la Carta a los Hebreos fue considerado canónico y colocado con las cartas de Pablo. El Apocalipsis se consideraba canónico en muchos círculos. Mientras tanto, en el Este ciertos autores influyentes abogaron por un Canon de 27 libros, pero algunos otros discreparon; sin embargo, no patrocinaron un Canon más extenso, sino uno más pequeño. No obstante, fueron escasos los libros disputados. Por lo tanto, veinte a veintidós de los veintisiete libros del NT fueron tempranamente considerados como Escritura tan pronto como esa etiqueta se aplicó al NT.

El historiador de la Iglesia Eusebio de Cesarea (260-340) reconocía 22 de los 27 libros del NT como indiscutibles (aunque vacilaba respecto del libro del Apocalipsis); consideraba al resto como disputado, pero ampliamente leído y reconocido. Incluía a la Carta a los Hebreos entre las cartas de Pablo, aunque admitía que algunos no la consideran paulina. Veamos algunos de estos casos disputados:

La Carta a los Hebreos es un trabajo anónimo, cuyo nombre se considera una adición posterior de algunos copistas. Paradójicamente, no es una carta, no es de Pablo (como ciertos autores antiguamente afirmaban) y no está escrita a los Hebreos. Es, en cambio, una especie de homilía dirigida a comunidades judeocristianas, que se centra en el papel de Cristo como Sumo Sacerdote del Padre, perfecto y definitivo. Ahora bien, a pesar de que este libro fue importante en la Iglesia primitiva, no se cayó en la tentación de una falsa difusión respecto de su autoría. Pero, si bien este texto no pasó la prueba de la apostolicidad, se lo incluyó en las Escrituras por su antigüedad y su recta doctrina, fiel a la tradición que provenía de las mismas enseñanzas de los apóstoles.

El Evangelio de Juan: la autoría del Apóstol Juan no fue lo que finalmente decidió la canonicidad de este libro sino su fidelidad a la tradición apostólica. El solo hecho de que la Iglesia aceptara este libro como canónico sin afirmar necesariamente la autoría apostólica habla muy bien de la integridad de la Iglesia. Argumentar que Juan el Apóstol lo escribió habría sido una gran tentación para aquellos que abrazaron su teología.

La Segunda Carta de Pedro: el libro más disputado del NT, en términos de autoría, es la 2ª Carta de Pedro. A diferencia del Evangelio de Marcos y la Carta a los Hebreos, no se trata de un trabajo anónimo. El autor dice ser Simón Pedro (1,1), el Apóstol. Hubo dudas sobre su autenticidad porque era incierta su antigüedad: el estilo de su escritura es marcadamente diferente al de la 1ª carta de Pedro. Eusebio, que dudaba de la autenticidad de la carta, argumentó que no era mencionada por los Padres de la Iglesia más antiguos. La combinación de la falta de citas antiguas y diferencias estilísticas de la 1ª Pedro fue un golpe casi fatal para su inclusión en el canon. En estos debates primitivos sobre la autoría[8], se examinó la evidencia histórica y se comparó la coherencia interna con las obras indiscutibles de inspiración divina, para finalmente admitirla dentro del Canon.

El Apocalipsis: El autor se identifica a sí mismo sólo como “Juan” (Ap 1,1; 4, 9; 22,8). Él no se llama a sí mismo “Juan el apóstol” o “Juan el anciano”. La pregunta sobre la identidad de este Juan generó dudas sobre su inclusión en el NT. El primer testimonio sobre Apocalipsis parece suponer que Juan el Apóstol escribió el libro. Pero no todos coincidieron en esto. Dionisio, un obispo de Alejandría del siglo III rechazó la autoría apostólica. Los primeros cristianos no aceptaron ingenuamente este libro como auténtico sólo porque tuviera el nombre Juan en él.

Varios otros libros del NT fueron originalmente anónimos o no estuvieron suficientemente rotulados para hacer una identificación positiva del autor. En contraste, se destaca el anhelo de autoridad que exhibieron muchas obras heréticas posteriores. Las Cartas de Pablo son una excepción, pues en ellas se suele atribuir explícitamente la autoría al Apóstol de los Gentiles. La razón es que, ante los numerosos cuestionamientos a su jerarquía y apostolado que Pablo tuvo que sufrir, en muchas de ellas él se vio obligado a defender explícitamente su autoridad como apóstol[9].

Hay dos hitos fundamentales para la constitución definitiva del Canon en la Iglesia Católica:

1) En el año 382, el Sínodo de Roma adoptó un Canon con la lista de 27 libros del NT recopilado por San Atanasio y los 46 libros del AT de “los LXX” (traducción al griego entre los siglos III ac y I ac). El Papa Dámaso I encargó a San Jerónimo († 420) la traducción del griego al latín de esta Biblia. En ese momento existía la “Vetus Latina”, una Biblia con numerosas versiones que recopilaban diversas traducciones de varios autores y dispar calidad.

San Jerónimo realizó esta traducción entre fines del siglo IV y comienzos del V; fue conocida como la “Vulgata” (es decir, de “uso común”). Desde ese momento, la Iglesia prácticamente completó el Canon.

2) El Concilio de Trento, en su sesión IV del 8 de abril de 1546, declaró oficialmente el Canon (considerado ya como tal desde hacía tantos siglos). Los padres conciliares manifestaron que la Iglesia “recibe y venera” tanto los libros del Antiguo como los del Nuevo Testamento. A renglón seguido, para que no cupiese duda sobre cuáles eran estos libros “recibidos” por el Concilio, incluyó una lista (Canon) de los mismos.

Esta lista de libros canónicos es la siguiente[10]: Para el Antiguo Testamento: Génesis; Éxodo; Levítico; Números; Deuteronomio; Josué; Jueces; Rut; 1 Samuel; 2 Samuel; 1 Reyes; 2 Reyes; Crónicas; 2 Crónicas; Esdras; Nehemías; Tobías; Judit; Ester; 1 Macabeos; 2 Macabeos; Job; Salmos; Proverbios; Eclesiastés; El Cantar de los Cantares; Sabiduría; Eclesiástico; Isaías; Jeremías; Lamentaciones; Baruc; Ezequiel; Daniel; Oseas; Joel; Amós; Abdías; Jonás; Miqueas; Nahúm; Habacuc; Sofonías; Ageo; Zacarías; Malaquías. Para el Nuevo Testamento: Mateo; Marcos; Lucas; Juan; Hechos; Romanos; 1 Corintios; 2 Corintios; Gálatas; Efesios; Filipenses; Colosenses; 1 Tesalonicenses; 2 Tesalonicenses; 1 Timoteo; 2 Timoteo; Tito; Filemón; Hebreos; Santiago; 1 Pedro; 2 Pedro; 1 Juan; 2 Juan; 3 Juan; Judas; Apocalipsis.

En suma: los libros fueron incluidos en el Canon lo fueron en virtud de su valor intrínseco, como testimonios autoritativos del Jesucristo real. La Iglesia llegó a reconocer y confirmar la autenticidad de un conjunto de libros que se evidenciaban como aquellos que habían recogido fielmente las obras y enseñanzas de Jesús (y que, en última instancia, para los cristianos son los verdaderamente inspirados por Dios). Como Bruce Metzger señala: “La Iglesia no creó el canon, sino que llegó a reconocer, aceptar, afirmar, y confirmar la calidad de autenticidad de ciertos documentos que se imponían como tales sobre la Iglesia”[11].

No fue, en efecto, la autoridad de un Concilio que vino desde fuera a decidir, según su conveniencia, cuáles eran los libros inspirados de entre un conjunto impreciso de obras. Vimos recién que Trento empleó la expresión “recibe y venera” al pronunciarse formalmente sobre el Canon. Es decir, la Iglesia lo estipuló con la conciencia de ser depositaria y no dueña ni, mucho menos, autora de las Sagradas Escrituras.

b) Evangelios canónicos y “falsificados”[12]

Hubo una considerable cantidad de libros antiguos que reivindicaron falsamente la autoría de apóstoles u otras figuras reconocidas del NT: el Evangelio de Pedro, el Evangelio de Tomás, el Evangelio de María, los Hechos de Juan, los Hechos de Pablo, el Apocalipsis de Pedro, la Epístola de Bernabé, la Carta de Pablo a los Laodicenses... Si bien hubo algunos raros casos de ciertas comunidades eclesiales que, por breve tiempo, aceptó algún evangelio apócrifo, éste eventualmente terminó siendo excluido y jamás formó parte de ningún Canon eclesial. ¿Por qué ninguno de estos libros llegó a formar parte del NT si reclamaba esta autoría apostólica?

Dan Brown en su novela “El código Da Vinci” (2003) refiere más de ochenta evangelios preexistentes (¿?), de los cuales fueron suprimidos todo texto que describiera aspectos terrenales de la vida de Jesús. Brown pretende presentar este supuesto dato (sin citar fuente alguna) como uno de los tantos hechos verdaderos “descubiertos”, a partir de los cuales él elaboró su trama novelesca. No obstante, esta afirmación es totalmente absurda.

Por un lado, la verdad histórica señala que la gran mayoría de los evangelios rechazados enfatizaba la divinidad de Jesús sobre su humanidad; además, estas obras fueron tardías, redactadas a menudo siglos después de los Evangelios canónicos. Por otra parte, los Evangelios (que Brown tilda de “remanentes”) están llenos de referencias a la profunda humanidad de Jesús: él fue creciendo en sabiduría (Lc 2,52), lloró (Jn 11,35), se encolerizó (Mc 11,15-17), sintió gozo (Lc 10,21), tristeza y desolación (Mt 26,38), etc.

Hubo algunos escasos ejemplos de falsificaciones (redactadas generalmente en fechas posteriores a las obras del NT) que salieron a la luz de inmediato. En estos casos, la respuesta de la Iglesia fue esclarecedora: cuando se descubrió, por ejemplo, que la 3ª Carta de Pablo a los Corintios era reciente y, por lo tanto, fraudulenta, su autor fue expulsado por Tertuliano de la comunidad eclesial de Cartago[13]; el Canon de Muratori rechazó tanto la Carta a los Laodicenses como la Carta a los Alejandrinos porque ambas eran falsificaciones que llevaban el nombre de Pablo; este Canon, como habíamos ya mencionado, desechó incluso “El Pastor de Hermas” porque, aunque la consideraba “literatura edificante”, era una obra compuesta “muy recientemente, en nuestros tiempos”, y, por ende, había sido escrita después del tiempo de los apóstoles.

La Iglesia consideró no canónicas tres tipos de obras: 1) las falsificaciones obvias; 2) las producciones tardías (siglo II o posterior) y 3) las no ortodoxas con relación a los libros reconocidos como auténticos.

1) El Jesús de los evangelios apócrifos

Los Evangelios “apócrifos” (es decir, “escondidos”) eran llamados así porque sus autores los consideraban un saber esotérico que sólo iniciados podían conocer, pues resultaban demasiado profundos para los profanos.

Pretendían, en general, complementar o, incluso, suplantar los cuatro Evangelios ya existentes en la Iglesia. Solían centrarse en dos vacíos de la vida de Jesús: los años oscuros de su infancia y el lapso entre su muerte y resurrección. A veces, trataban de capturar la imaginación del lector, sin implicaciones teológicas profundas. Pero, otras veces, pretendían ofrecer un Jesús diferente al de los Evangelios, que no era realmente humano.

Existen dos tipos principales de evangelios apócrifos (a veces con elementos compartidos entre ambas clases): los evangelios de la infancia y los evangelios gnósticos.

(a) Evangelios de la infancia

Los más destacados son el “Proto-Evangelio” de Santiago; el “Evangelio de la infancia” de Tomás (ambos de la 2ª mitad siglo II); el Evangelio de la Infancia Árabe (siglo V); etc. Influidos por el pensamiento gnóstico, ellos describieron a un joven Jesús no humano: era totalmente maduro siendo ya bebé o, por el contrario, ejecutaba milagros a su antojo, de un modo infantil y sin mediar una razón didáctica. En otros casos, el motivo para escribir un evangelio de la infancia era el mero sensacionalismo.

Algunos evangelios posteriores de la infancia se basan en los dos primeros. El Proto-evangelio de Santiago amplía las narraciones de la infancia de los Evangelios de Mateo y Lucas, completando con detalles con una vívida imaginación. En el Evangelio de la infancia de Tomás, Jesús es visto como un prodigio monstruoso e incontrolable: el niño Jesús llama a un compañero de juegos un “imbécil insolente e impío” cuando el niño agita un poco de agua que Jesús de algún modo había reunido. El niño se encoge y muere en el acto a la orden de Jesús (3,1-3); cuando un niño accidentalmente se encuentra con Jesús, éste declara: “No avanzarás más en tu camino”, y el niño inmediatamente cae muerto (4,1-2); José le dice a María: “No lo dejes salir por la puerta, porque todos los que lo provocan mueren” (14,3).

En el Evangelio de la Infancia Árabe, escrito en el siglo V o VI, leemos sobre el niño travieso Jesús. Le dice a un teñidor “Cambiaré para ti el color de cualquier tela que desees cambiar”. A diferencia de cualquier milagro en los Evangelios, éste es uno que Jesús hizo para compensar un problema que había causado. En otros lugares, Jesús convierte a sus compañeros de juego en cabras, etc....

Bruce Metzger resume: “Uno puede apreciar la diferencia entre el carácter de los Evangelios canónicos y la casi banalidad de la mayoría de los evangelios que datan de los siglos II y III. Algunos de ellos afirmaban ser de autoría apostólica, mientras que, de los cuatro canónicos, dos no estaban titulados apostólicamente; así y todo, fueron estos cuatro, y sólo éstos, los que finalmente se establecieron”[14].

Estos evangelios nunca “compitieron” con los canónicos: 1) Arribaron tarde, a veces muchos siglos después que los Evangelios canónicos; 2) Aunque algunos eran populares entre las masas, los escritores patrísticos los condenaron como descripciones indignas del verdadero Jesús, 3) Usualmente, incluían ideas docetas, es decir, aquella enseñanza que propugnaba un Cristo que sólo parecía ser humano y cuya carne era sólo ilusoria. Por eso, no se había encarnado ni resucitado verdaderamente. El gnosticismo es la gran corriente que gestó en su seno a esta herejía, y que fue un componente esencial de muchos evangelios apócrifos.

(b) Evangelios gnósticos

La antigua doctrina del dualismo, presente en religiones como la persa y la egipcia o corrientes filosóficas como el pitagorismo y el platonismo, sostenía que existe una lucha eterna entre Dios y Satanás, principios opuestos, irreconciliables y de igual poder, los cuales rigen respectivamente los reinos de la luz y las tinieblas. El ser humano reproduce en sí mismo esta confrontación, entre su dimensión corpórea (intrínsecamente perversa) y su espíritu (fragmento de la divinidad).

El gnosticismo, surgido hacia comienzos del siglo II de nuestra era, heredó esta visión dualista, incorporándole sincréticamente algunos elementos cristianos. Esta escuela estaba representada principalmente por Marción (†160), Basílides (†140) y Valentín (†160).

Se trataba de una secta iniciática que postulaba una entera cosmología, con un universo regido por múltiples seres intermedios, al modo de degradaciones progresivas desde una divinidad incognoscible. Profesaba un dualismo radical en el cual todo lo material (el cosmos, incluido el cuerpo) era visto como malo. Equiparaba el conocimiento (oculto para los no iniciados) con la salvación. El espíritu humano debía ser rescatado de su cautiverio corporal, recibiendo conocimientos que le permitieran superar los deseos carnales (malos en sí mismos por perseguir la perpetuación de la raza humana), y ascender hacia la esfera de lo divino. Coherente con su repulsión hacia todo lo corporal, el gnosticismo negaba la resurrección de Cristo y la resurrección escatológica de todos los seres humanos y creía, en cambio, en la reencarnación. Esta doctrina volvió a eclosionar a mediados del siglo XI con la secta de los cátaros, entre otras, y fue luego decisiva para el surgimiento de la teosofía a fines del siglo XIX.

 

Castillo cátaro de Quéribus en el Languedoc francés:

ya su estructura inexpugnable reflejaba ese intento

de separación radical del mundo, típico de la religión gnóstica.

 

Además de los evangelios propiamente gnósticos, existen otros proto-gnósticos o con tendencias gnósticas. Típicamente, a estos textos les falta una narración de sucesos concretos (son “no narrativos”), a causa de su menosprecio por los hechos concretos del Jesús humano. Coherente con su visión dualista, rescatan sus palabras, no sus obras. Su desviación de la ortodoxia, su fecha tardía y su falta de aceptación en la Iglesia antigua los hizo totalmente inviables para su inclusión en el Canon.

El evangelio “proto-gnóstico” más notorio es el Evangelio de Tomás. Aunque los Padres de la Iglesia lo citan, recién en 1945 se encontró una copia en copto, cuando se descubrieron los “manuscritos gnósticos de Nag Hammadi”, una localidad del Alto Egipto. Los eruditos los datan a mediados del siglo II. Otros evangelios, como los de Felipe, María, Pedro o de los Egipcios, también pueden ser considerados proto-gnósticos. Ninguno de ellos fue escrito antes del siglo II.

c) Los criterios para el rechazo de los evangelios apócrifos

El Evangelio de Tomás, como otros evangelios no narrativos, incluye varios dichos de Jesús que son insólitos, tanto por su contenido como por estar totalmente descontextualizados. Por ejemplo, Jesús dice aquí “El que conoce a padre y madre será llamado hijo de ramera” (logion 105); “El que bebe de mi boca será como yo, y seré esa persona, y las cosas ocultas se le revelarán” (logion 108), etc. Tal vez el dicho más notorio en este evangelio apócrifo es: “Simón Pedro les dijo: «Que María nos deje, porque las mujeres no son dignas de la vida». Jesús dijo: «Mira, yo te llevaré para que yo la convierta en varón para que ella también se convierta en un espíritu viviente, que se asemeje a ustedes los machos. Por cada mujer que se hace hombre, entrará en el reino de los cielos»” (logion 114). Aquí vemos claramente el rechazo de lo corpóreo típico de los círculos gnósticos, como así también una idea antropológica de las mujeres que es incompatible con la idea judía de la dignidad del ser humano y con el mensaje del Evangelio[15].

El Evangelio de Pedro, escrito probablemente a mediados del siglo II, procura “adornar” la narración de la resurrección, describiendo tres hombres saliendo del sepulcro, con las cabezas de dos de ellos llegando al cielo, y la del tercero (Jesús Resucitado) excediendo los cielos (Evangelio de Pedro, 10,38-39).

En los Hechos de Juan, Jesús parece ser totalmente ajeno a este mundo. Juan asegura que cuando intentaba tocarlo a veces sentía que su sustancia “era inmaterial e incorpórea, como si no existiera en absoluto...” (Hechos de Juan, 93).

Recapitulemos los motivos por los cuales a estas obras fueron rechazadas:

(1) Los Evangelios Apócrifos eran producciones recientes. Como tales, mostraban mucho menos conocimiento de la topografía y las costumbres palestinas que los Evangelios canónicos.

(2) La mayoría de ellos tenían tendencias gnósticas, es decir, enfatizaban la divinidad de Cristo mientras que desdeñaban su humanidad. Representaban una desviación respecto de la teología de la creación y la redención, no sólo del cristianismo ortodoxo, sino también de las enseñanzas judías véterotestamentarias.

(3) Eran evangelios no narrativos, con fragmentos de las enseñanzas de Jesús sin contexto. Esto hizo que fuera fácil tomar las palabras de Jesús como se quisiera, abriendo la puerta para todo tipo de puntos de vista heterodoxos acerca de Jesús. Cuando proporcionaban algún relato, éste consistía a menudo en agregados (con motivaciones estéticas o doctrinales) de los Evangelios canónicos, lo que muestra su posterioridad.

(4) Ante su falta de antigüedad, tendían a reivindicar la autoría por parte de un apóstol para darles relevancia; en contraste, vimos que los cuatro Evangelios canónicos fueron en su origen trabajos anónimos, pues ninguno de ellos estaba rubricado por un autor. Es la temprana tradición la que les asignó la autoría correspondiente. Además, a dos de estos Evangelios (Marcos y Lucas) nunca se les atribuyó autoría apostólica alguna; así y todo, sólo fueron estos cuatro los que se incluyeron en el Canon.

(5) Hay un apreciable contraste entre el carácter sobrio de los Evangelios canónicos y el fantasioso de la mayoría de los evangelios de los siglos II y III. Hemos citado el ejemplo del pasaje del Evangelio de Pedro, que narra que, en el amanecer del domingo, mientras los soldados montaban guardia, “resonó en el cielo una gran voz y se vieron los cielos abrirse, bajaron de arriba dos hombres, en medio de un gran resplandor”. Al salir del sepulcro, la cabeza de los dos “llegaba hasta el cielo” y la de Cristo “sobrepasaba los cielos”.

Resumidamente, los cuatro Evangelios canónicos, en neta divergencia con los evangelios apócrifos, tienen las características propias de autenticidad: su estilo prudente y realista; su antigüedad; su generalizado empleo en las comunidades primitivas; su conformidad con la verdad del Evangelio, transmitida tanto por la tradición oral como por las Cartas ya aceptadas en estas Iglesias.

 

Los múltiples y rigurosos criterios para la

transcripción, transmisión y elección de los textos del NT hacen de éste

el documento histórico más confiable de la antigüedad.

 

 

[1] Komoszewski, J., Sawyer, M. y Wallace, D., Op. Cit, Cap. IX; Strobel, L., El caso de Cristo, p. 76s.

[2] Esto es, que se imponen por su propia autoridad interna.

[3] Se trata de una cuestión fundamental de fe que, no obstante, no es conveniente esgrimir, al menos en una primera instancia, ante los escépticos. Resultaría vano apelar a este argumento de autoridad divina ante quien aún no ha aceptado la existencia del Dios de Jesucristo.

[4] En los debates entre los especialistas bíblicos acerca de las fechas de redacción de los escritos del NT, las discrepancias oscilan, según los casos, en alrededor de una década. Sin embargo, casi siempre se los data en el primer siglo de la era cristiana. Como referencia, existe el siguiente consenso general entre los eruditos: los escritos más antiguos son las cartas de Pablo (1 y 2 Tes; 1 y 2 Cor; Gal; Fil; Rom; Flm: del año 51 al 55); a continuación se habría redactado la Carta de Santiago; el Evangelios de Marcos dataría de los años 70 y los de Mateo y Lucas de la década siguiente, juntamente con la Carta a los Hebreos; aproximadamente por esos años se situarían las Cartas cuya autoría paulina se discute (Col y Ef); el Evangelio de Juan y Los Hechos de los Apóstoles se habrían redactado hacia el año 90; las cartas más tardías del NT, aquellas atribuidas inicialmente a Pablo, pero que hoy se consideran mayoritariamente pseudoepigráficas (1 y 2 Tim; Tit) así como la Carta de Judas, las Cartas de Juan y el libro del Apocalipsis datarían de fines del siglo I. (Una carta “pseudoepigráfica” es aquélla en que un autor anónimo se atribuye el nombre de un apóstol o de una jerarquía reconocida para dotarla de mayor autoridad. No se trataba de una “falsificación” tal como lo entendemos hoy, sino un recurso usual en la Antigüedad que no buscaba engañar al lector).

[5] Messori, V., Dicen que ha resucitado, Madrid, 2003, p. 181s.

[6] Papías, Fragmentos, 3.15.

[7] Strobel, L. Op. Cit., p. 77,

[8] Hoy en día la mayoría de los biblistas considera 2Pe como pseudoepigráfica.

[9] Hay casos disputados por exégetas actuales acerca de la autoría original de Pablo, como las cartas a los Colosenses, los Efesios, 1 y 2 a Timoteo y a Tito. En algunos de estos casos, un autor anónimo pudo haber recurrido a la “pseudoepigrafía” para reafirmar la inspiración paulina que poseía el escrito. Es importante notar como en estos casos excepcionales el resto de los criterios de autenticidad llevaron a aceptar la canonicidad de estas cartas. Asimismo, ha de enfatizarse que los debates acerca de la autoría de un determinado texto neotestamentario no afectan el hecho de que la Iglesia siempre los ha considerado inspirados por Dios al haber sido incluidos en el Canon.

[10] Los protestantes aceptan la totalidad del Canon del NT, pero rechazan como “apócrifos”, y, por ende, no inspirados, algunos libros del AT redactados en griego, aceptados por la Iglesia Católica: Tobías, Judit, 1 y 2 de los Macabeos, Sabiduría, Eclesiástico, Baruc, y partes de los libros de Daniel y Ester.

[11] Metzger, B., Canon of the New Testament, Oxford, 1989, p. 287.

[12] Komoszewski, J., Sawyer, M. y Wallace, D., Op. Cit, Cap. X.

[13] Este caso es diferente a los escritos pseudoepigráficos; no se trataba de un texto cuya autoría estaba en debate; tampoco el cumplía éste con el resto de los criterios, como ortodoxia, antigüedad y catolicidad.

[14] Metzger, B., Op. Cit., p. 173.

[15] Ante quienes nos cuestionen acerca de este asunto, ha de puntualizarse que es una verdad histórica que la Iglesia ha elevado la figura de la mujer en contraste con el resto de las culturas antiguas e introducido en el mundo occidental el valor de su igual dignidad ante Dios; sin embargo, también debe admitirse honestamente que, lamentablemente, también esta visión ha sido no pocas veces relegada en la historia cristiana.