V. Conclusión:


Entender y Compartir las razones para la fe


A lo largo de estas páginas hemos compartido técnicas, argumentos y fundamentos para poder comunicar los motivos de porqué creemos ante quien ha entablado un diálogo con nosotros. Pero no se trata de un discurso erudito, mediante el cual tengamos la oportunidad de exhibir nuestros conocimientos ante un examinador; antes bien, aspiramos a que, al concluir este encuentro, hayamos podido dejarle a nuestro oyente la consabida piedrita en su zapato.  


En la 1ª Parte hemos estudiado algunos recursos para mantener una conversación fructífera con quien nos solicite razones de nuestra fe (sin caer en sus eventuales trampas o falacias lógicas), a la vez que para desarrollar la intuición acerca de cuándo preguntar, objetar o responder, según los momentos adecuados.


En la 2ª Parte revisamos los principales argumentos para defender la razonabilidad de creer en la existencia de Dios (causa, comienzo, evolución y ajuste fino del universo; existencia de la moralidad), como así también saber replicar a las contrapruebas ateas que pretenden apoyarse en la existencia del mal.


En la 3ª Parte nos abocamos a defender la originalidad única de la figura de Jesús, examinando argumentos de peso que nos permiten discernir la novedad de sus gestos y palabras, y creer en la realidad histórica de su mesianismo, condición divina y resurrección de entre los muertos.


En la 4ª Parte nos centramos en respaldar la fe específicamente católica, contra las principales objeciones de nuestros hermanos separados: las razones de la existencia de pecados de la iglesia; la necesidad de una experiencia comunitaria de la fe; el hecho histórico de la fundación de la Iglesia por parte de Jesús; la inviabilidad de la libre interpretación de las Escrituras; la veneración de imágenes y santos y su diferencia con la idolatría; los sacramentos como modos de una presencia real y eficaz de Dios, a través de la mediación de un ministro eclesial.


Decía en el Prólogo que he procurado proporcionar a los lectores un conjunto de herramientas a las cuales recurrir cuando seamos instados a defender nuestra fe. Pero, más allá de los recursos que hemos compartido, debemos pedir al Espíritu Santo que nos ayude a profundizar en el misterio inagotable de la fe, a la vez que a discernir los momentos adecuados para preguntar en lugar de responder, dar razones en lugar de callar, escuchar en lugar de discutir…

Hemos de asumir que, durante este tiempo de peregrinación en la historia hacia la plenitud en la Venida en Gloria del Señor, seguirán suscitándose dudas propias y ajenas, y deberemos seguir lidiando con cuestionamientos y disputas. Sólo en aquel momento definitivo cesará toda incertidumbre: "...yo los volveré a ver, y tendrán una alegría que nadie les podrá quitar. Aquel día no me harán más preguntas" (Jn 16,22-23).


Pero no podemos recurrir a esta promesa escatológica como excusa para relegar el mandato que el mismo Jesús nos ha dado antes de retornar al Padre: “Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado”. Para que supiéramos que no sería ésta una tarea exclusivamente humana, concluyó este precepto con una promesa solemne: “…yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo” (Mt 28, 19-20).