Argumentos validos y falacias

Una falacia es un razonamiento formalmente inválido, pero psicológicamente persuasivo. Por eso, se manifiesta como una declaración que, bajo la apariencia de validez, esconde un razonamiento erróneo. Puede ser intencional o por ignorancia sobre cómo razonar correctamente.

Aunque existen otros casos posibles de silogismos y de razonamientos no silogísticos correctos, un típico silogismo tiene la forma: 1) Todo A es B; 2) Este C es A; 3) Luego, este C es B:

 

a) Todos los perros son mamíferos…………… premisa mayor (universal)

b) Mi mascota es un perro…………………….. premisa menor (particular)

c) Mi mascota es un mamífero..………………. conclusión verdadera

​Existe una gran variedad de falacias. Señalaré sólo dos errores comunes al elaborar un silogismo.

 

(1) Las premisas son verdaderas, pero la conclusión es falsa (falacia llamada “non sequitur”):

a) Todos los hombres son mortales………….. premisa mayor (universal)

b) Mi gato es mortal……………………………. premisa menor (particular)

c) Mi gato es un hombre………………………. conclusión falsa[1]

​(2) Las propias premisas (mayor y/o menor) son falsas.

Aunque la conclusión fuese correcta, el silogismo en sí no probaría nada. Ejemplos: “Todos los animales son bípedos” (premisa universal falsa) o “Kant vivió en el siglo XI” (premisa particular falsa). He aquí un caso de un silogismo intrínsecamente correcto pero inconducente, con una premisa falsa y una conclusión verdadera: “Todos los animales son bípedos, la gallina es un animal, luego la gallina es bípeda”.

A veces, una premisa contiene de modo patente su propia refutación: “Mi hermano es hijo único” o “No estoy hablando ahora en español”. Pero otras veces la contradicción es más sutil. Veamos cómo puede desenmascararse esta falacia, aplicando un argumento “ad hominen” (Es diferente de la falacia del mismo nombre, pues aquí se arguye válidamente a partir de lo que el interlocutor afirma).

—No puedes afirmar que alguien está equivocado.

—¿Y no lo estás afirmando tú ahora?

—Todas las verdades son relativas.

—¿También lo es la tuya?

 

—Nadie puede saber nada sobre la religión.

—¿Y tú cómo sabes eso sobre la religión?

 

—Hablar de Dios no tiene sentido.

—¿Y tu enunciado sobre Dios sí tiene sentido?

 

—La Biblia es falsa pues la gente comete errores.

—¿Eres tú una excepción a esa regla?

​​a. El relativismo moral: una posición que se refuta a sí misma.

También hay teorías que exhiben esta incoherencia. El relativismo moral niega a la ética un valor inalterable, pues la considera una serie de reglas impuestas según las diversas culturas y épocas. En suma, nada es universalmente bueno o malo, sino que esta calificación moral queda librada al criterio de cada uno.

El Relativismo es generador de una infinidad de paradojas: como sostiene que “todo punto de vista es sólo parcial” es en sí mismo “auto-refutativo” porque, si está expresando sólo un punto de vista parcial, entonces no es cierto para todos los puntos de vista, lo que significa que algunos puntos de vista son totales, no parciales[2].

​Como nota al pie acotaré que el relativismo moral (como también el filosófico o religioso) surge como una postura típica de la post-modernidad. Esta corriente, tan vigente en el mundo actual, ha llegado a sospechar de toda cosmovisión que postule una verdad objetiva válida universalmente. Esta corriente asocia esta reivindicación con un peligroso gesto autoritario de poder, y la tacha de responsable de los terribles totalitarismos del siglo XX. Sin embargo, claro está, el humilde anuncio de una verdad de la que somos testigos (¡y no dueños!) jamás debería devenir en la actitud avasallante de querer imponer este testimonio al otro por la fuerza.

El filósofo y apologista Paul Copan pone, al respecto, un sencillo pero ilustrativo ejemplo: “A mi esposa y a mí nos encanta comer en un restaurante llamado Macaroni Grill. Cuando lo recomendamos a nuestros conocidos, no estamos diciéndoles, «soy mejor que tú porque conozco el Macaroni Grill y tú no». No, simplemente nos sentimos contentos por dar a conocer este establecimiento que nos parece genial. Y así debería ser con la fe cristiana. Nuestra actitud no debería ser «yo soy mejor que tú», sino, «he encontrado algo que realmente merece la pena; te animo a probarlo»”[3].

Afirman Peter Kreeft y Ronald Tacelli es su recomendable “Pocket Handbook Of Christian Apologetics”: “De todos los síntomas de descomposición en nuestra civilización decadente, el subjetivismo es el más desastroso de todos. Un error puede ser descubierto y enmendado si y sólo si la verdad existe y puede ser conocida y amada y buscada. Si un cirujano cierra los ojos a la luz en la sala de operaciones, no hay ninguna posibilidad de que la operación funcione y que el paciente se salve. (…) El subjetivismo universal afirma que toda verdad es subjetiva, es decir, dependiente del conocedor. Esto es contradictorio. La contradicción radica en el hecho de que el subjetivista afirma que la verdad realmente, objetivamente, es subjetiva. (…). El subjetivista es el error opuesto al escéptico. El escéptico dice que no hay verdad para nadie. El subjetivista dice que hay verdad para todos. El escéptico niega la verdad; el subjetivista niega el error”. Un subjetivista coherente sólo podría expresar estados de ánimo, “no desafía a su oponente, no discute, no debate, sólo «comparte sus sentimientos»”[4]. No se trata de una afirmación que pueda ser refutada ni usada como refutación.

Así pues, cuando nuestro dialogante quiere refutar nuestra visión cristiana desde el relativismo, cae siempre en un contrasentido: para hacer tal cosa, debe reivindicar una verdad objetiva. En efecto, si el relativismo es verdadero en todos los casos, entonces se convierte en una contradicción en sus propios términos y se autodestruye. Pero si el relativismo también es relativo, entonces debe admitirse la posibilidad de que esté equivocado y el punto de vista que sostiene la verdad objetiva sea cierto.

​Paul Copan también expone muy bien estas refutaciones en varios de sus libros[5]. Es imposible, alega Copan, un escepticismo total: rechazar la posibilidad del conocimiento es en sí mismo es una reivindicación de una cierta capacidad de conocer y por lo tanto hace que el rechazo del conocimiento sea incoherente. Cierta vez, narra Copan, un estudiante protestó airadamente ante sus argumentos: “¡no veo cómo puedes decir que sabes la verdad!”. Copan respondió: “Me parece que sabes que tienes razón y que yo estoy equivocado; que tu posición es la superior y que la mía es inferior; que tienes una virtud que yo no tengo. Parece que sabes que no puedes saber la verdad”. En efecto, al asumir que sus conclusiones escépticas son confiables, el escéptico niega el mismo escepticismo que está procurando aducir. El escepticismo, en suma, afirma saber que se ha cometido un error acerca de la verdad; pero este error presupone la existencia de la verdad[6].

La escapatoria del escepticismo también cae en la misma falacia. Si nos preguntamos, por ejemplo, si podemos estar siendo engañados en nuestra percepción de la realidad o si estamos o no soñando, asumimos que hay una diferencia entre éstos. Si no reconociéramos la diferencia entre ambos casos, ¿por qué cuestionarnos si soñamos o si estamos siendo engañados? “El mismo hecho de que los escépticos pregunten si existe o no un mundo externo es probablemente una buena evidencia de que existe. De lo contrario, es difícil saber por qué surgió la pregunta”, concluye Copan más adelante[7].

Más ejemplos:

​(1) Tiene lugar un debate público entre dos filósofos. El filósofo A afirma que la verdad objetiva existe, mientras que el filósofo B afirma que la verdad objetiva no existe, y trata de demostrar que su adversario está equivocado. Luego del debate, se procede a realizar una votación de la audiencia a fin de comprobar quién persuadió mejor a ésta con sus argumentos. Pero antes, A argumenta que los que voten a B, mostrarían que consideran su visión como objetivamente verdadera, y, ¡en realidad, lo estarían votando a él!

​(2) Otras réplicas que descubren la contradicción del relativismo, similares a las ya vistas:

—No debes imponer tus criterios del bien y el mal a los demás.

—¿Por qué no? ¿Está mal?

—No existe la verdad.

—¿Y piensas tú que eso es verdad?

—Todas las culturas son válidas.

—¿También aquéllas que no creen en el relativismo cultural?

Moraleja: Si no nos arraigamos en la verdad objetiva, edificamos nuestra lógica sobre el pantanoso terreno del relativismo y nuestras endebles construcciones se colapsan bajo su propio peso.

​​​​b. Cientificismo: otra concepción incongruente. 

El notable evangelista norteamericano Norman Geisler (†2019) sostenía que las formas estándar de racionalismo son deficientes porque no demuestran que sus primeros principios sean racionalmente necesarios. La lógica es una prueba negativa indispensable para refutar ciertas afirmaciones, pero sola es insuficiente como prueba positiva para la verdad[8]. Sucede que la lógica se ocupa de la coherencia interna de sus estructuras y silogismos, pero no aporta nada respecto de la veracidad de sus conclusiones, tal como vimos cuando mostrábamos silogismos intachables en su estructura, pero sin capacidad conclusiva.

Ahora bien, el cientificismo, yendo más allá de las reglas del ejercicio de las propias disciplinas científicas, pretende que sólo existe o tiene sentido lo que tiene demostración científica. Aunque esta afirmación reclama el estatus de un principio científico, es una tesis filosófica, y como tal debe tratarse.

​El terreno del saber científico, tal como las mismas ciencias establecen en el ejercicio de sus diversas ramas, avanza en el discernimiento de los mecanismos particulares que mejor expliquen sus fenómenos específicos. Las leyes de las ciencias procuran describir de modo incontrovertible las regularidades del universo; sus explicaciones nunca son definitivas, sino paradigmas provisionales, con mayor o menor grado de certeza.

Además, la visión cientificista es contradictoria, pues la ciencia, para poder ser ejercida, necesita depositar su confianza en ciertos principios filosóficos no comprobables: una realidad no ilusoria; principios lógicos fundamentales (identidad, no contradicción, etc.); un universo con un orden a desentrañar… Sin una fe humana en estas cuestiones indemostrables, ningún científico podría ejercer su disciplina. Más aún: cuando ciertos científicos ateos exaltan la capacidad de la mente para encontrar la verdad, pero a su vez adhieren a la teoría materialista de que la inteligencia surgió evolutivamente para la supervivencia, ¿entonces por qué deberían confiar en tal potencial? ¿No revelaría éste una finalidad y un diseño?

El cientificismo ostenta una racionalidad cerrada y asfixiante, que sólo tiene en cuenta lo perceptible y medible, y deja fuera el ámbito espiritual. Se trata de un cosmos subjetivo, reducido a la estrecha concepción que puedo llegar a entrever desde mi finitud. Es oportuno recordar las palabras de Hamlet a su amigo Horacio: “Hay en el cielo y en la tierra más de lo que puede soñar tu filosofía, Horacio”[9]. Se produce un inevitable choque cuando esta razón cerrada (que sólo acepta la existencia de lo medible) se encuentra con la exigencia de una razón abierta a realidades no sensibles[10].

Para poner un ejemplo concreto: cuando, por caso, se reflexiona científicamente sobre los mecanismos de la evolución universal, tanto los científicos que adoptan una perspectiva cientificista como los que no, escrutan a través del eje temporal, hasta donde puede llegar su percepción, a fin de discernir mediante su instrumental específico (telescopios, radiotelescopios, espectrógrafos, etc.) las leyes que rigen el cosmos. En esta tarea despliegan idéntico método científico y, acaso, muestran la misma admiración por el orden y la armonía descubiertos. La diferencia estriba en que, a la hora de indagar acera de las cuestiones últimas, como el porqué de la existencia del mundo y del hombre, el cientificista congela su mirada en este eje horizontal, para entonces declarar que es exclusivamente en este escenario material en donde habrá de descubrirse las respuestas... La persona con una racionalidad abierta, en cambio, no considera concluida su exploración en la dimensión horizontal; como ser humano lanzado en pos de un sentido filosófico, va más allá, admitiendo en su cosmovisión la posibilidad de la existencia de realidades no cuantificables ni racionalizables matemáticamente.

Impelido por estos preconceptos, el astrofísico Fred Hoyle (†2001) ideó en los años 60 un modelo alternativo al Big Bang (la teoría del “estado estable” del cosmos), por no tolerar su alusión bíblica a un inicio absoluto del universo. Análogamente, ante las evidencias del “ajuste fino” del cosmos (que veremos enseguida) algunos científicos como Leonard Susskind y Stephen Hawking (†2018) recurren a la hipótesis altamente especulativa de los “multiversos”, considerándola una alternativa que les permitiría obviar la idea de un Creador.

Scott Ventureyra, Doctor en teología de la Dominican University College de Ottawa, explica en un artículo cómo la Ciencia y la Teología cristiana se informan mutuamente: es un prejuicio considerar ciencia y religión como incompatibles, porque “la existencia de Dios es sostenida por la lógica y el razonamiento científico”. La observación empírica de las distintas realidades físicas y biológicas proporcionarían sólo un nivel de análisis material. Por eso, no hay una verdadera oposición entre ciencia y fe[11].

​Más aún: Giuseppe Tanzella-Nitti, sacerdote y astrónomo, afirma en un reportaje[12] que “la historia muestra que la fe cristiana no dificultó, sino que ayudó, al desarrollo de la ciencia”: Dios no es una hipótesis de la ciencia, ni debe intentarse demostrar su existencia con los métodos de las ciencias. El método científico no nos dice nada sobre el creador del universo, pero para estudiar el universo “es preciso que éste exista, que tenga leyes y que sea comprensible”. Estos son presupuestos, no conclusiones de la ciencia. Por consiguiente, Dios tiene mucho que ver con la ciencia: no porque pueda ser observado con sus instrumentos, “sino porque la hace posible”.

En este sentido, Scott Ventureyra explica en el citado artículo que pensadores fundamentales para la historia de la ciencia como Isaac Newton, Johannes Kepler, René Descartes, Galileo Galilei y Nicolás Copérnico, partieron de la convicción de que la estructura de la realidad física es cognoscible. Hay inteligibilidad y comprensibilidad en la realidad debido al papel de Dios como Creador[13], y, por eso, aplicaron una especie de “ingeniería inversa” para comprender cómo fueron creadas las cosas. Así pues, la idea teológica de la creación constituyó un marco para la investigación y los descubrimientos científicos[14].

La lista de testimonios al respecto es ingente. Limitémonos a citar, para finalizar este tópico, el artículo “Los científicos y Dios”[15] del Dr. Manuel Tello, profesor emérito y catedrático de Física de la Materia Condensada en la Facultad de Ciencia y Tecnología de la Universidad del País Vasco. El Dr. Tello denuncia aquí el desatino de quienes proclaman con ligereza que “todos los científicos son ateos”; tal es la afirmación que escuchó, por ejemplo, de un joven científico en un discurso ante los padres de unos universitarios que asistían a la entrega del diploma de sus hijos: “sin venir a cuento y en tono jocoso, por dos veces afirmó que «todos los científicos son ateos»”.

Observa este físico que “un científico hace un flaco servicio a la ciencia cuando, en nombre de esa ciencia, realiza afirmaciones falsas o sin rigor. Incluso más, cuando se considera que un auditorio no es capaz de analizar las ideas y juzgarlas”. Asimismo, si las conclusiones de este científico fuesen correctas, ¿cómo explicar que “las primeras diez mejores universidades del mundo tengan un departamento de Religión?”. Se trata de departamentos con un elevado grado de actividad y una participación de estudiosos de alto nivel intelectual.

Por otro lado, lejos de esta afirmación acrítica de una unanimidad atea entre científicos, Tello muestra que la realidad es muy diferente. Existen encuestas internacionales que señalan que sólo una minoría de científicos (12%) se define atea. La situación de la mayoría es mucho más matizada, moviéndose en un rango “entre la certeza de que existe un Dios y la duda sobre su existencia”; dentro de esta diversidad, se verifican casos que van desde agnósticos inquietos hasta creyentes practicantes.

Como pequeña ilustración de esta variedad de posturas, Tello cita al Dr. Richard Feynman (†1988), premio Nobel de física en 1965, que en una conferencia en la Universidad de Washington (titulada “La incertidumbre de los valores”), coincidía absolutamente en que “la ciencia no puede refutar la existencia de Dios”. Y agregaba, contundente, que “los que afirman lo contrario quizás no entienden la ciencia correctamente”.

Otro caso notable que alude Tello es el del famoso genetista Dr. Francis Collins, que lideró el proyecto del genoma humano. Collins confesaba que existen numerosos científicos, como él mismo, que profesan una fe en Dios, pero que, en general, guardaron silencio sobre sus creencias. Sin embargo, él confiesa creer que “Dios es la respuesta al por qué estamos en la existencia. La fe es una forma de comprender los misterios profundos que la Ciencia es incapaz de resolver”.

Como tantos otros científicos cristianos, Collins se ha empeñado en mostrar la armonía entre ciencia y fe. Además de su monumental labor “cartografiando” junto a su equipo todos los genes del genoma humano, fundó en 2007 la Fundación “BioLogos”[16] (que promueve un diálogo ciencia-fe a partir del cuidado de la creación) y en 2009 fue nombrado por Benedicto XVI miembro de la Academia Pontificia de las Ciencias.

 

El relativismo y el cientificismo

son dos posturas que se refutan a sí mismas.

 

c. “Quitar el techo” o “reducir al absurdo”.

Consiste en llevar hasta el extremo las implicaciones de una aserción para mostrar su incoherencia.

Una paradoja habitual en estas posturas es que alguien viva declamando que nada tiene sentido y, a la vez, se levante todos los días para luchar por una vida mejor para sí mismo y los suyos.

Un ejemplo: un profesor ateo argumenta en su clase: “Si Dios existiera, podría demostrarlo evitando que este trozo de tiza se estrellara contra el suelo... pero no puede hacerlo”. Tira la tiza, que se parte contra el suelo. Aplicando el método de “quitar el techo”, puedes desafiar al profesor ante esa misma clase, asegurando que probarás que “tú no existes”. Pide que alguien tome la tiza y la sostenga en la mano. Explica que, si tu realmente existieses, podrías atrapar la tiza. Pídele que la deje caer; no la atrapes y déjala estrellarse contra el suelo. Entonces anuncia: “Esto prueba que yo tampoco existo”.

Como conclusión, afirmaré que se incurre en estos absurdos al negar de algún modo la realidad creada por Dios, que posee verdad y consistencia. Como vimos recién, se cae así en una contradicción entre la propia visión y la realidad natural.

d. Algunos tipos habituales de razonamientos falaces

Cerraré esta 1ª Parte con una selección de ejemplos típicos de falacias, a fin de entrenar nuestra percepción para detectarlas y neutralizarlas en medio de un debate.

1) El “galimatías”: se trata de un modo ambiguo o confuso de presentar un argumento.

Es un término usado para describir un lenguaje oscuro por la confusión de las ideas, con una forma por la que superficialmente parece complicado, pero que es lisa y llanamente falaz. A veces puede emplearse como un endeble recurso para “escaparse por la tangente”, en lugar de responder de forma clara a un cuestionamiento directo.

Un ejemplo típico es el personaje que representaba el recordado actor Fidel Pintos (†1974), que, con su lenguaje intencionalmente embrollado y abstruso, nunca terminaba de responder a ninguna pregunta, por más concreta que ella fuera.

Encontramos también un modelo de galimatías al comienzo de El Quijote, cuando Cervantes relata cómo el hidalgo de la Mancha perdió la cordura por lecturas como ésta: “Los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza”.

Lista de algunas falacias lógicas típicas

a) Algunos argumentos extraídos de la web del apologista Matt Slick[17]:

Ad Hominem: atacar al individuo en lugar del argumento. Ejemplo: “eres tan estúpido que tu argumento no podría ser cierto”.

Apelar a la fuerza: decirle al oyente que algo malo le sucederá si no acepta el argumento. Ejemplo: “no es inteligente de tu parte afirmar esto. Puede haber consecuencias”.

Apelar a la compasión: instar al oyente a aceptar una idea apelando a las emociones, la simpatía, etc. Ejemplo: “no puedes rechazar lo que te digo por tu bien. No me hagas esto”.

Apelar al consenso: instar al oyente a aceptar un supuesto, porque la mayoría de las personas lo respeta. Ejemplo: “todos los demás lo hacen. ¿Por qué tú no?”

Apelar a la tradición: intentar que alguien acepte algo porque ya se hizo o creyó durante mucho tiempo. Ejemplo: “ésta es la forma en que siempre lo hemos hecho. Por lo tanto, es el camino correcto”.

• Petición de principio: asumir que es cierto lo que intenta probarse. Es circular. Ejemplo: “Dios existe porque la Biblia lo dice. La Biblia está inspirada por Dios”.

Causa y efecto: suponer que el efecto está relacionado con una causa porque los eventos ocurren juntos. Ejemplo: “cuando el gallo canta, sale el sol. Por lo tanto, el gallo hace que el sol se eleve”.

Falacia de la composición: suponer que lo que es cierto para la parte también lo es para el todo. Ejemplo: “ese motor es azul. Por lo tanto, el auto es azul”.

Falacia de división: suponer que lo que es verdadero para el todo también lo es para las partes. Ejemplo: “ese auto es azul. Por lo tanto, su motor es azul”.

Falsa Dicotomía: se dan dos opciones cuando en realidad podría haber más opciones posibles. Ejemplo: “o rompiste el vaso esta mañana o lo hiciste esta tarde”.

• “Non Sequitur”: es una conclusión que no se desprende lógicamente de una premisa o la conclusión. Ejemplo: “hoy llovió porque lavé mi automóvil”.

• “Envenenamiento del pozo”: presentar información negativa sobre una persona antes de que ella hable para desacreditar su argumento. Ejemplo: “no lo escuches porque es un perdedor”.

• “Cortina de humo”: presentación de un tema no relacionado con el tema en cuestión. Ejemplo: “sé que olvidé depositar el cheque en el banco ayer. Pero, nada de lo que yo haga te agrada”.

Alegato especial o doble estándar: aplicar estándares diferentes a uno mismo y a otro. Ejemplo: “esas reglas no se aplican a mí, pues soy mayor que tú”.

• Argumento del Hombre de Paja: producir un argumento sobre una representación más débil de la verdad y atacarla. Ejemplo: “la evolución es falsa porque no podemos haber evolucionado de unos 'estúpidos monos'” (Se trata de un argumento no científico, de corte fundamentalista).

 

b) Caricaturas que ilustran algunas falacias lógicas[18] (ejemplos propios agregados).

 

 

 

 

 

 



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ante afirmaciones como “Dios no existe. No me consta su existencia

(falacia “ad ignorantiam”) debe recordarse que

“la ausencia de prueba no es prueba de ausencia

e. Advertencia final para esta 1ª Parte.

Aun cuando la verdad divina es infalible, ninguno de estos métodos y consejos a la hora de presentarla lo es. Hay que prevenirse del triunfalismo. Abrirse paso a la mente y el corazón de nuestro interlocutor es una tarea a veces muy ardua, y, sin la intervención del Espíritu Santo, toda proclamación de la fe se vuelve estéril.

Citaré algunos pasajes de una ilustrativa respuesta que brindó William L. Craig ante una consulta de un creyente que se reprochaba no haber estado a la altura de las circunstancias al tratar de defender la fe[19]:

Estoy seguro de que cada uno de nosotros ha salido de una conversación con un incrédulo derrotado, desanimado y pensando: «¿Por qué no dije esto?» (...) Después de una conversación, reflexionas sobre ello y piensas en lo que podrías haber dicho de manera diferente. Este es un ejercicio invaluable que aporta ideas más profundas. (...) Piensa en ello como preparación para la próxima vez. Debes escribir tus mejores respuestas para que se queden en tu memoria. Cuando escucho un nuevo argumento u objeción en un contexto de debate, me voy a casa y preparo una respuesta a esa objeción que guardo en mis archivos. Mi lema es: “¡Sólo me sorprenderá una vez con esta objeción!” (...) Con el tiempo, notarás que los mismos argumentos y preguntas de los incrédulos se repiten, de modo que, al tener respuestas a ellos, no tendrás que pensar mucho en el momento…”.

​También Marcel Lejeune, presidente del discipulado “Catholic Missionary Disciples”, también sale al paso de esta sensación de frustración. Nos enumera una serie de errores por los cuales no solemos llegar a nuestro interlocutor y nuestro intento de evangelización no funciona como esperamos (extracto)[20]:

​1. Hablamos diferentes idiomas, aunque usemos las mismas palabras: Términos como Iglesia, fe, amor, paz o incluso Dios pueden hoy ser definidas de muy diferente modo por diversas personas, y entenderse de manera radicalmente distinta al sentido que el evangelizador pretendía. Sobre todo, es necesario indagar qué entiende la otra persona acerca de nuestros términos. Por ello, es difícil explorar la fe del otro sin ejercitar una buena capacidad de escucha y la habilidad de hacerle preguntas acertadas.

2. Escuchar más que hablar: debemos preguntar, escuchar y luego entender. He tenido numerosas conversaciones con muchas personas que han dejado de ir a la Iglesia, que fueron adecuadamente catequizados. Entonces, ¿por qué abandonaron la Iglesia? Cuando nos relacionamos con ellos con todas las respuestas y muy pocas preguntas, tendemos a alejarlos. Podemos terminar diciéndoles lo que necesitan valorar, desear y hacer. Antes bien, busquemos entender, servir y amar antes de corregir y predicar. Ciertamente, la predicación y la corrección son buenas, pero antes debe establecerse una relación sólida.

3. Muchos católicos practicantes no tienen amigos no cristianos: mientras que no establezcamos relaciones significativas con personas no cristianas, no podremos lograr una evangelización adecuada. Hay que profundizar en la relación personal para que la efectividad aumente. La percepción de los que se han alejado es que los cristianos no los escuchan. Una encuesta aseguraba que seis de cada diez no cristianos estarían dispuestos a hablar sobre asuntos de fe con alguien que los escuchara sin juzgarlos, pero sólo un tercio de ellos veía este rasgo en los cristianos que conocen personalmente.

 

Frecuentemente, dialogamos en diferentes idiomas,

aunque usemos las mismas palabras.

 

Finalmente, nunca olvidemos que el Espíritu Santo prometido por Jesús nos asiste en esta tarea: 

 

…no serán ustedes los que hablarán, sino que el Espíritu de su Padre hablará en ustedes” (Mt 10,20, Cf. Mc 13,11).

“Cuando venga el Espíritu de la Verdad, él los introducirá en toda la verdad, porque no hablará por sí mismo, sino que dirá lo que ha oído…” (Jn 16,13).

No, las armas de nuestro combate no son carnales, pero, por la fuerza de Dios, son suficientemente poderosas para derribar fortalezas. Por eso destruimos los sofismas y toda clase de altanería que se levanta contra el conocimiento de Dios…” (2 Cor 10, 4-5).

[1] La premisa a no puede tener el mismo predicado que la premisa b, salvo que ambas sean negativas.

[2] Boa, K. y Bowman, R., Op. Cit., p. 74s.

[3] Strobel, L., El Caso del Jesús Verdadero, Miami, 2008, p. 251.

[4] Kreeft, P. y Tacelli, R., Pocket Handbook Of Christian Apologetics, San Francisco, 2009, p. 133-136.

[5] Por ejemplo: That’s Just Your Interpretation. Responding to Skeptics Who Challenge Your Faith, Michigan, 2001; How Do You Know You’re Not Wrong? Responding To Objections That Leave Christians Speechless, Michigan, 2004; True for You, But Not for Me. Overcoming Objections to Christian Faith, Minnesota, 2009.

[6] Copan, P., How Do You Know You’re Not Wrong?, Responding to Objections That Leave Christians Speechless, Michigan, 2004. p. 20.

[7] Ibid., p. 23.

[8] Boa, K. y Bowman, R., Op. Cit., p. 112.

[9] Shakespeare, W., Hamlet, Acto I, Escena XIII.

[10] Para más sobre el tema de la relación ciencia y fe, véase mi artículo “¿Ha expulsado la ciencia a Dios?”, https://www.academia.edu/34918723/_Ha_expulsado_la_ciencia_a_Dios.

[11] https://www.crisismagazine.com/2019/science-and-christian-theology-mutually-inform-one-another.

[12] https://www.religionenlibertad.com/ciencia_y_fe/848035976/ALa-historia-muestra-que-la-fe-cristiana-no-dificulto-sino-que-ayudo-al-desarrollo-de-la-cienciaA.html.

[13] Científicos como François Jacobs e Ilya Prigogine han reivindicado también la existencia de un nexo directo entre la fe en un Dios Creador y el nacimiento de la ciencia: la fe monoteísta produjo ya en el AT una “desdivinización” de las fuerzas de la naturaleza, volviendo a ésta capaz de ser intervenida.

[14] Para ahondar en la temática del cientificismo, su falacia y su relación con la ciencia verdadera y la religión recomendamos el libro del físico y filósofo cristiano Ian Hutchinson: “Monopolizing Knowledge. A scientist refutes religion-denying, reason-destroying scientism”, Massachusetts, 2011.

[15] https://www.elcorreo.com/opinion/cientificos-dios-20190216221733-nt.html.

[16] https://biologos.org.

[17] https://carm.org/logical-fallacies-or-fallacies-argumentation.

[18] Del sitio falacias.escepticos.es.

[19] www.reasonablefaith.org/writings/question-answer/how-to-cure-slow-thinking1.

[20] https://catholicmissionarydisciples.com/news/4-reasons-catholic-evangelization;                                                   Cf. https://catholicmissionarydisciples.com/news/dos-and-donts-when-evangelizing.