Los argumentos cosmológico y del "Ajuste Fino"

Presentemos primeramente las célebres vías de Santo Tomás, para luego estudiar otro razonamiento de gran actualidad, pues ha resurgido gracias a la moderna cosmología científica.

1) El mundo no da razón de sí mismo

En estas vías es el mundo el punto de partida que me conduce a Dios. Desde lo creado, llego al Creador; desde lo bueno, al Bien; desde el orden y la finalidad, a la Suma Inteligencia. “A partir del movimiento y del devenir, del orden y de la belleza del mundo se puede conocer a Dios como origen y fin del universo”[1]. El principal representante de este método fue el mencionado Santo Tomás, que postuló en su magna Suma Teológica (1265-1273) las cinco vías de prueba de la existencia de Dios[2]. Para simplificar la exposición, resumiré las vías tomistas en las siguientes ideas subyacentes[3]:

a) Observamos que toda creatura muta, se corrompe, nace, muere: hay un movimiento constante en la naturaleza. La observación detenida de los diversos entes del universo nos muestra que ellos no son la causa de su dinamismo interno, como tampoco lo son de su propia existencia. Dicho en otros términos, todo ser creado es contingente, o sea, existe pero podría no haber existido. Su existencia no posee una necesidad ontológica. Por lo tanto, buscando la fuente y razón de su ser y movimiento, puedo elevarme a una causa trascendente al mundo que sustenta estas realidades. Es la Primera Causa incausada, plenitud del ser.

Para aclarar mejor el argumento de la causa eficiente, recurramos a una comparación de Kreeft y Tracelli: La existencia es como un regalo dado por la causa al efecto. Si no hay nadie que tenga un regalo a dar, éste no puede pasar por la cadena de receptores, por muy larga o corta que sea ésta. Si todos tienen que pedir prestado un libro determinado, pero nadie lo tiene, nadie lo obtendrá. Si no hay un Dios que tenga existencia por su propia naturaleza eterna, entonces el don de la existencia no puede pasar a través de la cadena de las creaturas y nunca podemos obtenerlo. Pero lo conseguimos; existimos. Por lo tanto, debe existir un Dios: un Ser No Causado que no tiene que recibir existencia como nosotros, y como cualquier otro eslabón en la cadena de receptores[4].

Hay ateos que afirman que los argumentos tradicionales de la existencia de Dios son ilógicos y, por lo tanto, no pueden probar ni apoyar la creencia en Dios. Mientras que algunos de ellos ofrecen argumentos sofisticados a los argumentos teístas, las respuestas más comunes entre los no creyentes son sorprendentemente superficiales. Generalmente, se consignan los argumentos teístas en una forma completamente errónea y luego se señala triunfalmente sus agujeros lógicos. Una vez más, ésta es la falacia del “hombre de paja”. Gordon Stein, por ejemplo, declara el argumento cosmológico de la siguiente manera: “Todo debe tener una causa. Por lo tanto, el universo tenía una causa, y esa causa era Dios”. Luego señala el problema obvio: “Si todo debe tener una causa, entonces Dios debe haber tenido una causa”. Pero ningún filósofo o teólogo teísta ha presentado el argumento cosmológico de esta manera. La premisa no es que “todo” debe tener una causa, sino que todas las cosas finitas, temporales, contingentes o mutables deben tener una causa. En otras palabras, todo lo que tiene las características de un efecto debe tener una causa. Dios no necesita una causa, ya que es infinito, eterno, necesario e inmutable[5].

b) Comprobamos que las diversas realidades creadas tienen en diverso grado, bondad, verdad y belleza. Pero no es dable identificarlas con el Bien, la Verdad o la Belleza mismos, pues jamás pueden aquéllas expresarlos totalmente. Así, tal como afirmaba Platón (†354 ac), son capaces de remitirnos al Bien, Verdad y Belleza Plenos[6].

c) Captamos un orden y una finalidad en el universo. Por un lado, las cosas son inteligibles, permeables a la inteligencia humana; como afirmaba A. Einstein (†1955) “lo más incomprensible es que el cosmos sea comprensible”. Además, observamos que los seres tienen una finalidad que va más allá de sí mismos. Esto es lo que la mayoría de los biólogos que estudian la evolución admiten claramente: hay una finalidad o teleología que permite la aparición de formas cada vez más complejas y mejor organizadas. A través de ese orden y finalidad podemos llegar a la Suma Inteligencia, que funda y estructura el cosmos entero y lo llama hacia Sí misma para su realización consumada[7].

Existe una idea recurrente que subyace detrás de estas diferentes vías: las diversas cosas que encontramos en el cosmos (una piedra, un árbol, un ser humano, una estrella...) no dan razón por sí mismas de su existencia y actividad. Es menester remontar los efectos (el cosmos creado) para llegar a su causa (Dios mismo). Mas no se trata de un movimiento hacia atrás en busca de un inicio temporal, sino hacia arriba, en pos de un origen ontológico[8]. Se llega así a Dios como fuente del movimiento, existencia, perfección y orden de todos los seres del universo.

El hecho de que, contemplando el mundo nos elevemos a su razón primera, lo encontramos ya formulado con nitidez en las Escrituras:

…a partir de la grandeza y hermosura de las cosas, se llega, por analogía, a contemplar a su Autor” (Sab 13,5).

Dios mismo se lo dio a conocer, ya que sus atributos invisibles –su poder eterno y su divinidad– se hacen visibles a los ojos de la inteligencia, desde la creación del mundo, por medio de sus obras” (Rom 1, 19s).

2) ¿Por qué comenzó el universo?

Existe un argumento que cobró actualidad a partir de ciertos descubrimientos científicos recientes. Está en consonancia con las vías tomistas, pero presentado desde una perspectiva renovada, tal vez más afín al lector actual.

El argumento “Kalam” (del árabe “Ilm al-Kalam”: “ciencia del discurso”) fue propuesto por primera vez por el teólogo bizantino Juan Filópono (†570), desarrollado por el teólogo islámico persa Al-Ghazali (†1111) y popularizado en nuestro tiempo por el ya mencionado filósofo evangelista William Lane Craig.

Se resume así:

(1) Lo que comienza a existir tiene una causa (como nos dice la evidencia de cuanto nos rodea).

(2) El universo comenzó a existir (en seguida nos referiremos brevemente a esta premisa).

(3) Por lo tanto, el universo tiene una causa (un Dios Personal, Trascendente y Creador).

Notemos que el argumento “Kalam” difiere esencialmente de las pruebas tomistas en dos aspectos: se aplica al cosmos tomado en su totalidad, y, además, se inquiere acerca del comienzo temporal del mismo. He aquí una breve explicación:

• Existen numerosas evidencias de que el universo tuvo un inicio temporal. No es nuestro propósito desarrollar este punto (existen varias obras al respecto en la bibliografía). Brevemente: a partir de ciertos indicios científicos (el universo comenzó con un “Big Bang” y se halla en estado de expansión, mientras se van degradando sus fuentes de energía: las estrellas y galaxias), los cosmólogos coinciden en que el universo en su totalidad (junto con el tiempo mismo) comenzó a existir hace unos 13.700 millones de años.

• Este inicio espaciotemporal también está secundado por un argumento filosófico: si asumiéramos que el universo fuese increado (es decir excluyéramos a un Dios que le ha dado el ser) entonces surge la imposibilidad lógica de que éste carezca de un inicio. Es obvio que nunca habríamos llegado al instante de hoy si hubiese que haber transitado una sucesión infinita de días.

• Así pues, el universo comenzó a existir.

• Si todo lo que comienza a existir tiene una causa, entonces el universo tiene una causa.

• Esta causa debe ser en sí misma sin causa, pues una serie infinita de causas retroactivas es imposible: de un modo similar a la imposibilidad de un pasado infinito, tampoco en este caso se habría llegado nunca al inicio del universo.

• Esta causa debe ser Primera, Inmaterial y Trascendente al cosmos, dado que es creadora del mismo (antes no existía ni materia, ni energía ni tiempo).

Nótese que si, en cambio, se tratara de una mera fuerza impersonal inmutable, el cosmos tampoco habría tenido comienzo. ¡Una fuerza impersonal es incapaz de decidir cuándo crear el cosmos! Además, como veremos a continuación, existe un argumento adicional: el de la “sintonía” o “ajuste fino”.

Ahora bien, a quien alegara que, sin más, el cosmos existe sin una explicación, puede planteársele dos ejemplos:

a) Si oyéramos una fuerte explosión, la explicación “no es nada, sólo sucedió” sería absurda. ¿Por qué entonces resultaría aceptable para un evento inmensamente más complejo como el Big Bang?

b) Si halláramos una esfera de cristal en medio de un bosque, nos preguntaríamos por su constructor. También insistiríamos en la pregunta si la esfera fuera, sucesivamente, del tamaño de una casa, de un planeta, de una galaxia… o ¡del tamaño del cosmos!

3) ¿Por qué está el universo “preparado” para la vida? (El “ajuste fino”)

Imaginemos que entramos en una habitación que tiene en una mesa un equipo de radioaficionados. Existe una única banda que se capta en esa región, muy difícil de captar entre tanto ruido parasitario del espectro. Sin embargo, la radio está sintonizada en esa única banda. Si giráramos el receptor ligeramente hacia la izquierda o derecha, perderíamos inmediatamente la señal. ¿Pensaríamos que la perilla quedó sintonizada en ese exacto punto por azar? ¿Y qué concluir si, sabiendo que existe una gran variedad de estaciones emitiendo, encontráramos centenares de receptores ordenados en estantes, cada uno cuidadosamente sintonizado para recibir una determinada estación?

Desde hace varias décadas, los astrofísicos han estado desentrañando el complejo y sutil equilibrio de una notable cantidad de parámetros que permitieron que surgiera la vida y la inteligencia (por lo menos en nuestro planeta). En efecto, hay un rango sumamente estrecho de valores para las fuerzas básicas del cosmos, fuera del cual la vida misma habría sido inviable.

Es muy ilustrativo al respecto el video que el sitio Reasonable Faith de William Lane Craig ha compartido en la red: “Fine Tuning of the Universe”[9]: “Desde galaxias y estrellas hasta átomos y partículas subatómicas: la estructura misma de nuestro universo está determinada por las constantes fundamentales del universo. Los científicos se han dado cuenta de que cada uno de estos números ha sido cuidadosamente regulado con un valor asombrosamente preciso que cae dentro de un rango extremadamente estrecho que ha permitido surgir a la vida. Si alguno de estos números fuera alterado incluso por el diámetro de un pelo, ninguna vida podría haber existido en ningún lado (...) Considere la gravedad, por ejemplo: la fuerza de la gravedad está determinada por la constante gravitacional. Si esta constante variara sólo en una fracción de 1 en 1 , ninguno de nosotros existiría. Para comprender cuán extremadamente estrechos son estos rangos que permiten la vida, imagine un dial dividido en 10 hasta el sexagésimo incremento. Para saber cuántos puntos pequeños hay en el dial, puede compararse con el número de segundos desde que comenzó el cosmos (…) Si la constante gravitacional fuese alterada en uno de estos incrementos infinitamente pequeños, el universo se expandiría tan rápidamente que no se formarían estrellas o se colapsaría sobre sí mismo, con el mismo resultado sin estrellas ni planetas…” Y continúa con consideraciones similares sobre la tasa de expansión del universo, la distribución de la masa y la energía del universo primitivo.

Explicar esta “sintonía fina” sin recurrir a una Inteligencia ordenadora se vuelve una tarea casi imposible: “las probabilidades involucradas son tan ridículamente remotas que se colocan más allá del alcance del azar, por lo que en un esfuerzo por mantener viva esta opción, algunos han ido más allá de la ciencia empírica y optaron por un enfoque más especulativo conocido como el multiverso. Se imaginan un generador universal que produce una cantidad tan amplia de universos que se torna probable que eventualmente surjan universos que permitan la vida. Sin embargo, no hay evidencia científica de la existencia de estos múltiples universos: no se pueden detectar, observar, medir o probar. Y el generador mismo de universos precisaría una enorme cantidad de ajustes... Así pues “la mejor explicación de por qué el universo está bien ajustado para la vida es que se haya diseñado de esa manera”.

El Dr. Walter Bradley, físico por University of Texas, Austin, enumera en un artículo[10] estas constantes universales esenciales “cuidadosamente calibradas”. A modo de una lista parcial cita a) Constantes universales: Constante de Boltzman; Constante de Planck; Velocidad de la luz; Constante gravitacional; b) Masas de las partículas elementales: Masa/energía del pión en reposo; Masa/energía del neutrón en reposo; Masa del electrón en reposo; Masa del protón en reposo; Carga unitaria; Relación masa-energía; c) Constantes de la “estructura fina”: Constante de la estructura fina gravitatoria (“Alfa-S”); Constante de la estructura fina de la interacción débil (“Alfa-W”); Constante de la estructura fina electromagnética (“Alfa-E”); Constante de la estructura fina de la interacción fuerte (“Alfa-S”).

Bradley explica que “cuando se desarrollaron los modelos cosmológicos por primera vez a mediados del siglo XX, se suponía ingenuamente que la selección de un conjunto dado de constantes no era crítica para la formación de un hábitat adecuado para la vida. Los estudios posteriores de los parámetros que hicieron variar las constantes en forma sistemática han demostrado que cambios mínimos en cualquiera de las constantes produciría un universo dramáticamente diferente que no sería adecuado para la vida en ninguna forma imaginable”.

Bradley concluye que “…para que el universo tuviera estrellas que generaran una diversidad de elementos, que proveyeran fuentes de energía a largo plazo con una radiación de longitud de onda adecuada para facilitar las reacciones químicas, y satisfacer muchos otros requisitos para un hábitat adecuado para el origen de la vida” las 19 constantes universales y muchas condiciones iniciales debieron ser calibradas “justo a punto”, ¡en el orden de treinta grados de magnitud (un 1 seguido de 30 ceros)! “Hay tantos requisitos distintos interrelacionados que parece difícil imaginar cómo todos estos resultaron «accidentalmente» como necesitaban ser”. Existen tantos requisitos entrecruzados, que resulta improbable que pudiera existir un conjunto alternativo de valores para que estas constantes “funcionaran”. Por eso, “se requiere una gran dosis de fe para creer que el universo puede ser explicado nada más que como un accidente cósmico fortuito”.

Veamos algunos pocos ejemplos concretos de este “ajuste fino”, desde el Big Bang hasta la aparición del hombre: la fuerza nuclear débil está tan finamente calibrada que, con una minúscula disminución en su valor, las estrellas no habrían durado lo suficiente como para asegurar el surgimiento de la vida en los planetas; un cambio en la constante cosmológica (que impulsa la expansión del universo) en 1 parte en 10 habría derivado también en un universo estéril, por demasiado denso o demasiado diluido; si la fuerza gravitatoria no disminuyese exactamente con el cuadrado de la distancia, no habría habido órbitas estables de planetas alrededor de las estrellas. Es notable el caso particular del carbono, fabricado en el núcleo de las estrellas: éste se dispersó en el espacio al transformarse algunos soles en supernovas. Pasó así a formar parte constituyente de los planetas; éste fue el material esencial para la vida que luego se desarrollaría en la Tierra. Asimismo, estas supernovas tuvieron que ser escasas; caso contrario, el nivel de radiación liberado habría sido letal para la aparición de la vida. Y, más recientemente: si no fuera por el planeta Júpiter, que con su gran coraza gravitacional mantiene alejados de la Tierra muchos de los cometas y asteroides que orbitan el sistema solar (y cuyo choque contra nuestro planeta produjo la extinción masiva de los grandes saurios), no podría haberse mantenido una etapa de evolución suficientemente extensa como para permitir la evolución gradual hasta el surgimiento del ser humano.

Asimismo, existen una multitud incontable de ejemplos en nuestro propio planeta, presentes tanto en los mecanismos naturales como en la estructura de los seres vivos. Es imposible enumerar siquiera una parte significativa. Pensemos sólo en los ciclos climáticos y geológicos que regulan el ecosistema del planeta; los diversos e intrincados sistemas orgánicos (circulatorio, digestivo, reproductivo, nervioso…) que posee toda creatura viva; la inabarcable complejidad de nuestro cerebro… Un par de casos concretos tomados entre millones posibles: la forma de las orquídeas tropicales, cuya forma, color y perfume están especialmente adaptadas para favorecer la atracción de las abejas y la adherencia del polen a su cuerpo, para que las ayuden así en el proceso de polinización; o los insectos miméticos que se camuflan perfectamente como la hoja de su planta huésped para engañar a sus predadores.

A propósito de nuestro propio planeta, Scott Ventureyra nos refiere las investigaciones conjuntas del filósofo y teólogo Jay Richards y el astrofísico Guillermo González[11]. Dando aún otro paso en esta dirección, estos autores se refieren al hecho de que seamos capaces de discernir, formular y comunicar las leyes científicas, y, en general, la capacidad de captar la verdad en sus diferentes manifestaciones. Esta capacidad, concluyen, es un reflejo de la existencia de una inteligibilidad ilimitada, Dios mismo.

En su obra “El planeta privilegiado: Cómo nuestro lugar en el cosmos está diseñado para el descubrimiento”, Richards y González proporcionan un sinfín de pruebas distintas para sugerir que la tierra ocupa un lugar especial en el cosmos (situación del planeta dentro de la Vía Láctea y el Sistema Solar, condiciones atmosféricas, tamaño similar relativo en nuestro cielo de la luna y el sol, etc.). Oponiéndose a la idea de Carl Sagan de que la Tierra es un insignificante accidente cósmico, un mero “punto azul pálido” (tal el título de uno de los libros de este astrónomo), ellos argumentan, en cambio, que hay una profunda correlación entre su habitabilidad y la capacidad de observación científica. El hecho de que nosotros existamos en un tipo especial de planeta está también relacionado con el hecho de que estamos en aquí con el objetivo de observar el universo, con el fin de descubrirlo, medirlo y, en gran parte, comprenderlo. Ambos autores proporcionan ejemplos de esta correlación entre habitabilidad y mensurabilidad, ilustrando, de manera científica, la inteligibilidad que el ilustre teólogo y filósofo canadiense Bernard Lonergan (†1984) había postulado como intrínseca a la realidad, al tener su fuente en Dios, origen último de toda inteligibilidad.

Por éstos y un sinnúmero de otros ejemplos que no podemos detallar (pero que invitamos a indagar), vemos que la vida en el universo está balanceada en “el filo de una navaja”. Esta “conspiración” de condiciones para que surgiera la vida es llamada “ajuste fino” o “principio antrópico”. Suponer que todos estos valores coincidieran por mero azar ¡sería más absurdo que no sospechar una trampa si alguien obtuviera 50 escaleras reales consecutivas en un juego de póker!

El universo, en su larga evolución (desde su comienzo y la subsecuente formación de estrellas y galaxias como fuentes de energía, la condensación de los planetas y la aparición en la Tierra de una vida de complejidad creciente hasta el advenimiento del hombre), manifiesta una finalidad, que remite a la Inteligencia Suprema del Creador (tal como ya Santo Tomás lo anticipara en su 5ª Vía). Hoy en día filósofos, científicos y teólogos reflexionan acerca del argumento del “diseño inteligente” que estas leyes manifiestan.

En el documental "God, New Evidence" se entrevista a varios científicos acerca del sorprendente ajuste fino del cosmos[12]. Otro testimonio de gran interés es el del fogoso e incisivo jesuita barcelonés Jorge Löring (†2013) con una elocuente apología de la armonía ciencia-fe y el diseño inteligente del universo: “Ateo, gracias a Dios”[13].

Objeciones al ajuste fino del cosmos

Una objeción habitual al argumento del ajuste fino es que, si el universo no estuviera afinado, no estaríamos aquí para apreciar ese hecho. Es decir: si el ajuste no hubiera acontecido, no nos habríamos dado cuenta… pues no existiríamos. Si lo percibimos, es porque salimos beneficiados en una suerte de “lotería cósmica”[14].

En respuesta, imaginemos que estamos parados delante de un pelotón de fusilamiento, compuesto de 50 tiradores entrenados. Si todos los soldados fallaran, no nos limitaríamos a decir que, si el entero pelotón no hubiera errado el blanco, entonces no estaríamos ahí para apreciar ese hecho. Pensaríamos en alguna razón no azarosa por la cual los tiradores no habrían acertado en nosotros.

 

La objeción de Richard Dawkins

El zoólogo y biólogo keniata Richard Dawkins es, tal vez, el más famoso referente del nuevo ateísmo y un divulgador popular de objeciones contra la existencia de Dios. Respecto del “diseño inteligente”, él ha afirmado en su libro de 2006 The God Delusion (El Espejismo de Dios) que se trata de una falsa solución, pues “surge entonces la pregunta: ¿quién diseñó al diseñador?”[15]. Dawkins, la mejor y más sencilla respuesta es la “naturalista” (el universo se explica a sí mismo sin necesidad de recurrir a un Creador), pues no multiplica los entes innecesariamente[16].

Similar a la objeción que, décadas antes, plantaba el famoso astrofísico y divulgador Carl Sagan (†1996): “Es corriente en muchas culturas responder que Dios creó el universo de la nada. Pero esto no hace más que aplazar la cuestión. Si queremos continuar valientemente con el tema, la pregunta siguiente que debemos formular es evidentemente de dónde viene Dios. Y si decidimos que esta respuesta no tiene contestación ¿por qué no nos ahorramos un paso y decidimos que el origen del universo tampoco tiene respuesta? 0 si decimos que Dios siempre ha existido, ¿por qué no nos ahorramos un paso y concluimos diciendo que el universo ha existido siempre?”[17].

Estos cuestionamientos revelan la ignorancia de Dawkins y de Sagan en asuntos metafísicos (muy común entre cientificistas y “nuevos ateos”), pero es dado por válido por muchos no creyentes. Éstos caen así en una falacia que ya vimos: la de la falsa apelación a una autoridad, que supone que ser un especialista relevante en un tema implica automáticamente ser una voz autorizada en asuntos ajenos a su disciplina.

Según la perspectiva de estos científicos, parecería que no nos quedara más alternativa que limitarnos a escrutar hacia el comienzo de los tiempos para buscar las respuestas, sea la naturaleza de éstas científica, filosófica o teológica. Como petición de principio, su cosmovisión fue armada excluyendo de antemano una dimensión complementaria “extra”, a saber, la vertical.

Michael Ruse, un filósofo de las ciencias ateo, ha hecho varias críticas a figuras prominentes etiquetadas como “nuevos ateos”. Según este epistemólogo, los pensadores referidos hacen a la ciencia un “grave perjuicio en el nivel académico” y califica sin más a este nuevo ateísmo de “un terrible desastre”. En un artículo critica la pobre filosofía de Dawkins: “¡No pasaría curso introductorio de filosofía!”, se queja. Más aún: la obra The God Delusion hace que “se avergüence de ser ateo”[18].

Falacia de las premisas de Dawkins:

El Obispo Robert Barron resume la objeción Dawkins así: “si todas las cosas pueden explicarse a través de una apelación a la causalidad natural, entonces no necesitamos a Dios”. Pero, replica Barron, cuando buscas a Dios, no estás buscando una causa contingente entre muchas, algo que no entiendes ahora pero eventualmente podrías, como, por ejemplo, la causa del trueno. Cuando buscas a Dios, buscas la causa última del “ser” del universo. Es la respuesta a la pregunta, “¿Por qué hay algo en lugar de nada?” Esa no es una cuestión científica; no se trata de la “nada cuántica” de la física, que presupone una estructura previa donde esos procesos tienen lugar. Buscar a Dios, concluye Barron, no es buscar otra causa contingente intramundana, sino la causa última del universo[19], cuya perspectiva es siempre perpendicular a cualquier teoría científica[20].

En este punto, creo oportuno enfatizar que el problema capital del ateísmo cientificista, y, por extensión, de cualquier otro tipo de ateísmo, es su exclusión a priori de toda “perpendicularidad” que nos refiera a un ámbito trascendente al mundo natural. Dado que se rehúsa admitir la existencia de esta dimensión vertical, tampoco se percibirá ningún vector que venga de arriba hacia abajo.

Si, desde esta perspectiva unidimensional, nos preguntáramos con Sagan y Dawkins quién creó a Dios, estaríamos equivocando la cuestión: la fe monoteísta no afirma que todo tiene una causa, sino que todo lo contingente tiene una causa. Suponer válido el interrogante “¿Qué causó a Dios?” es como dar por buena la pregunta de por qué un triángulo no es un cuadrado.

Prosigue Craig en la obra citada[21], detallando sus propios puntos para refutar la tesis de Dawkins:

1) La mejor explicación para un evento no necesita, a su vez, una ulterior explicación de esta explicación. (Si, por ejemplo, se descubriera un artefacto en la Luna, se inferiría de modo razonable que fue creado por seres inteligentes, aunque no se supiera quiénes fueran éstos). Si, por el contrario, antes de postular una teoría se impulsara una búsqueda de más y más explicaciones, la ciencia no podría plantear hipótesis explicativa alguna y caería en una regresión interminable.

2) Es falaz suponer que el diseñador divino debe ser tan complejo como el cosmos. Dios es absolutamente simple, al no estar compuesto de partes físicas. Como Supremo Ser inmaterial, Dios es Uno. Así, es capaz de ideas infinitamente complejas, aun cuando su Mente sea indivisa y única.

3) Asimismo, tampoco resulta coherente asegurar que el naturalismo sea una explicación más simple que el teísmo pues no necesita multiplicar los entes para una explicación satisfactoria.

Como bien remarca Paul Copan[22], siguiendo este razonamiento ¿por qué no adherir a la “generación espontánea” de la vida a partir de la materia no viviente, ya que involucra menos entidades que la explicación causal, y afirmar “simplemente” que la vida surge espontáneamente sin más? ¿O por qué no decir que el conejo realmente surge de la nada del sombrero de un mago? Estas “respuestas” claro está, aunque más sencillas, son falaces pues no explican absolutamente nada.

 

En la línea de estas argumentaciones, concluyo este apartado citando un artículo del Padre Jesús Martínez Gordo[23], doctor en Teología Fundamental y sacerdote de la Diócesis de Bilbao. En este artículo (redactado para reseñar un libro del historiador de las religiones Reza Aslan) el Padre Martínez señala que “la explicación creyente es mucho más sólida racionalmente que la increyente”.

 

Explica este teólogo que, en vista de “las evidencias científico-empíricas que se vienen alcanzando en la astrofísica, en la protobiología y antropología contemporáneas”, entre otras disciplinas, el teísmo “es una explicación racionalmente más consistente que las explicaciones alternativas, sean ateas, antiteístas e, incluso, agnósticas; particularmente, las que fundan su increencia en cosmovisiones o interpretaciones partidarias del materialismo bruto y del azarismo o casualismo”.

Martínez contrasta los “nuevos ateos” con la realidad de los “nuevos creyentes”, es decir, “personas que, habiendo sido ateas, han descubierto que las explicaciones deísta o teísta son mucho más consistentes que la increyente en la que se habían mantenido hasta entonces”. Cita los ejemplos de Anthony Flew, Francis S. Collins y Clive Staples Lewis, aunque aclara que “bien podrían haber sido otros”. Ellos comparten la convicción de que “la explicación creyente es mucho más sólida racionalmente que la increyente a partir de las pruebas alcanzadas” por las ciencias mencionadas.

Puntualiza además que, a fin de llevar a cabo un debate de la cuestión, habrá de recordarse “que la cuestión que se plantea no es de orden científico-empírico, sino explicativo: discernir la mayor o menor fortaleza racional de las distintas interpretaciones a las que dan pie dichas pruebas. Para esto no es necesario ser un especialista en astronomía, en biología o en antropología, sino tener un conocimiento suficiente de los resultados que se van alcanzando y, por supuesto, de las diferentes explicaciones (ateológicas o teológicas) a las que dan pie con el fin de evaluar la mayor o menor fuerza racional de todas y de cada una de ellas”.

La cuestión capital, concluye, reside “en la mayor o menor consistencia racional” que presenten los dialogantes, sean éstos teístas o escépticos. Este criterio es el que permite, precisamente, discernir la solidez racional interna de la visión teísta.

 

Ni la existencia del universo mismo ni sus leyes y su teleología

dan razón de sí mismos.

[1] CIC 32.

[2] STh I q 2 a 3.

[3] He aquí una explicación pormenorizada (y más técnica) de cada una de las cinco vías: 1ª Vía: se basa en el movimiento y el cambio: es un hecho de la experiencia que en las distintas realidades del mundo existe el movimiento, entendido como un pasaje de la potencia al acto; vale decir, la transición desde el estado actual de una cosa al que potencialmente ésta puede llegar a ser. Ahora bien, todo lo que se mueve recibe el movimiento de otro. Ningún ser en el cosmos puede moverse por sí mismo, pues “no es posible que el mismo ser esté a la vez en acto y en potencia bajo el mismo concepto” en palabras de Santo Tomás. Pero tampoco puede continuarse esta cadena de comunicar y recibir el movimiento hasta el infinito, porque, en tal caso, nunca llegaríamos al origen del movimiento mismo. Por lo tanto, es necesario llegar hasta un ser que mueva sin ser movido por otro; es decir, que permanezca inmóvil, siendo el principio de todo el movimiento existente. Éste es Dios. (Si bien Santo Tomás se sirvió para esta vía del argumento del “primer motor inmóvil” que Aristóteles expuso en su Metafísica (XII, 8), no deben confundirse ambos argumentos entre sí. El filósofo griego ubicaba este motor como primer eslabón inmanente de la cadena causal, que movía la esfera de los cielos de un cosmos eterno e increado. Santo Tomás, en cambio, dejó claramente a salvo el señorío de Dios sobre el cosmos, al señalar que su acción no se ubica simplemente al comienzo temporal de la serie universal de causas y efectos, sino que, como Creador, es trascendente y “perpendicular” al universo). 2ª Vía: se basa en la causa eficiente: nuestra percepción nos revela que existen causas eficientes; es decir, unas cosas producen a otras (los padres al hijo, el fuego al carbón, el árbol al fruto). Pero no es posible que un ente sea su propia causa eficiente, porque entonces sería anterior a sí mismo, lo que es una contradicción lógica. De un modo análogo a la vía anterior, tampoco aquí es posible concebir una cadena de causas que pueda llegar hasta el infinito. No aquí arribaríamos a una primera causa eficiente, y por consiguiente no explicaríamos las causas eficientes que observamos en la naturaleza. Es entonces necesario admitir la existencia de una primera causa eficiente no causada, y ésta es Dios. 3ª Vía: se basa en los conceptos de lo contingente y lo necesario: en la naturaleza hallamos cosas que siendo, podrían no haber sido y no serán, de hecho, en el futuro (seres contingentes o posibles), pues todos los entes del universo comienzan y dejan de existir. Al ser contingentes, no pueden por sí mismos comenzar a ser, porque antes de ese acto todavía no existirían y “lo que no existe no puede recibir el ser sino de lo que existe”. Por consiguiente, debe existir un ser que no es contingente sino necesario, del cual han recibido su existencia los seres que estaban en la mera posibilidad o contingencia. Éste es Dios, que tiene en Sí mismo la razón de su existencia; esto es, existe necesariamente, y es causa de la existencia de todos los seres que son simplemente posibles o contingentes. 4ª Vía: se basa en los grados de perfección de los seres: se comprueba que en el universo existen cosas con menor o mayor bondad, verdad y belleza, según se aproximen en diversos grados a su ideal pleno. Por comparación: un objeto es más caliente a medida que se acerca al sol (arquetipo de lo cálido para nosotros). Por consiguiente, debe haber un ser que sea Verdadero, Bueno y Bello por excelencia, y que, por tanto, realice consumadamente tal perfección. Éste es el Ser que llamamos Dios. 5ª Vía: se basa en el orden y finalidad del universo: vemos que aun los entes carentes de inteligencia obran, sin embargo, conforme a un fin. Comprobamos que existe una intención deliberada para llegar a ese fin que no puede atribuirse al mero azar. Pero tal intención no puede residir en seres sin capacidad de conocimiento; estos no pueden tender por sí mismos a su fin si no son dirigidos por un ser inteligente que los conoce. Es un Ser Supremo, Personal y Providente, al que llamamos Dios, y que, con infinita inteligencia, conduce todas las cosas del universo a su propia finalidad en Sí Mismo.

[4] Kreeft, P. y Tacelli, R., Op. Cit, p. 20.

[5] Boa, K. y Bowman, R., Op. Cit., p. 97.

[6] Platón, Fedón, 100a y sig.; La República, VII, 514a ss.

[7] Ver mi tesis doctoral para más sobre este tema http://bibliotecadigital.uca.edu.ar/repositorio/tesis/fe-cristiana-final-universo-escatologia.pdf.

[8] Cf. STh I q 12 a 12.

[9] https://www.youtube.com/watch?reload=9&v=-98M-8ZG5o8.

[10] El Universo Diseñado “Justo a Punto”: http://espanol.leaderu.com/docs/ciencia/el_universo_disenado.html.

[11] https://www.crisismagazine.com/2019/science-and-christian-theology-mutually-inform-one-another.

[12] https://youtu.be/UkwbId87fvQ.

[13] https://www.youtube.com/watch?v=Dzst7tkYrZU.

[14] Es la llamada “versión débil” del Principio Antrópico, que, en última instancia, no es sino una tautología.

[15] Dawkins, R., El Espejismo de Dios, Madrid, 2007, p. 120.

[16] Ya volveremos a recurrir a este principio, conocido como la “Navaja de Ockham”.

[17] Sagan, C., Cosmos, Barcelona, 1982, p. 257.

[18] https://www.beliefnet.com/columnists/scienceandthesacred/2009/08/why-i-think-the-new-atheists-are-a-bloody-disaster. html. Como un ejemplo -entre varios posibles- de la patética falta de información de Dawkins en materia religiosa, valga su exégesis miope y sesgada del libro del Levítico, señalada por John Lennox. Para probar que el Dios del Antiguo Testamento es exclusivista y tiránico, Dawkins cita acríticamente el análisis de un médico sin conocimientos bíblicos (John Hartung) para probar su punto: “«Ama a tu prójimo» no significaba lo que ahora nosotros creemos que significa. Significaba únicamente: «Ama a otro judío»” dictamina Dawkins (El Espejismo de Dios, p. 260). Lennox señala que, si se hubiera tomado la molestia de leer un poco más, nuestro autor habría visto que este punto está muy bien aclarado: “No serás vengativo con tus compatriotas ni les guardarás rencor. Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor” (Lev 19,18). Pero unos pasajes después Dios exige: “Cuando un extranjero resida contigo en tu tierra, no lo molestarás. El será para ustedes como uno de sus compatriotas y lo amarás como a ti mismo, porque ustedes fueron extranjeros en Egipto. Yo soy el Señor, su Dios” (Lev 19,33-34; también ver Ez 47, 22-23).

[19] Barron, R., Answering the atheist, Illinois, 2016, p. 13-14.

[20] Cf. Bollini, C., “¿Ha expulsado la ciencia a Dios?”, https://www.academia.edu/34918723/_Ha_expulsado_la_ ciencia_a_Dios, p. 14-16.

[21] Craig, W., Op. Cit., pos 42%s.

[22] Copan, P., How Do You Know You’re Not Wrong. Responding To Objections That Leave Christians Speechless, p. 52s.

[23] https://www.religiondigital.org/libros/decimos-Dios-Dialogando-Reza-Asia-religion-filosofia-teologia-espiritualidad_0_ 2162483759.html

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